“Philips Argentina, buenas tardes. Mi nombre es Joaquín. ¿En que lo puedo ayudar?” ésta frase la dije 120 veces por día, 600 veces por semana, 2400 veces por mes, 28800 veces por año y 57600 veces en total durante los dos años que trabajé como telemarketer de la prestigiosa empresa holandesa.

Eran tiempos muy distintos, yo crecía y necesitaba sentirme grande y tener un trabajo. Por otra parte, también tenía que pagar la universidad y no sabía que el mundo estaba perfectamente preparado para albergar a jóvenes en mi condición. Un futuro venturoso a la vuelta de la esquina a cambio de pelear con clientes enojados en nombre de una marca. Un plan perfecto.

Es hasta tierno verme a la distancia, vestido de elegante sport, hablando en siglas del mundo empresarial, pronunciando muchas palabras en inglés y siendo feliz con mis tickets luncheon. Realmente disfrutaba de esa aventura y proyectaba mi futuro ligado a las empresas. Mi imaginaba team leader, supervisor, gerente, director y CEO. Y la empresa (en realidad no trabajaba para Philips) se encargaba de regar la ilusión “el gerente de las cuentas de Monterol arrancó como data entry” se corría la voz por los pasillos.

Esa ilusión de stakeholder la compraba con horas al teléfono, calmando gritos y exponiendo argumentos ante la demora en reparación de productos. Ese trabajo no dejó ninguna de las promesas empresariales, pero aportó muchísimo a mi futura labor como escritor, especialmente por anécdotas como las que presento.

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El día que debieron echarme

Una vez una señora reclamaba con hastío la demora que llevaba la reparación de su televisor. En su defensa diré que reclamaba con razón, según lo que me mostraba el sistema ella esperaba hacía más de un mes un repuesto que todavía se encontraba en la casa central, en Holanda. Mi respuesta a su reclamo era que debía esperar, por lo menos, veinte días más hasta la llegada del repuesto y reparación del equipo. Como era de esperar, esa respuesta no cubría las expectativas de la clienta.

¿Veinte días más? pero ¿en que vienen los repuestos? ¿en carreta?

Yo debí haber cortado la conversación y salido con otro tema, tal cual indicaban los manuales de capacitación, pero no pude. No sólo no pude, lancé una frase inconsciente, tremenda. Una oración simple, pero que debió haberme costado el trabajo.

– Los repuestos vienen en barco… en carreta se ahogarían los caballos.

Ni bien completé la frase me arrepentí. Esperé con los ojos cerrados la respuesta de una clienta fuera de sí. Imaginé la reunión en la oficina del gerente donde me daban las gracias por los servicios prestados. Contra todo pronóstico, la mujer hizo un silencio de tres segundos y lanzó una carcajada. Inmediatamente pidió disculpas y dijo comprender por completo la situación.

Como era de esperar, la charla fue escuchada por los supervisores que al día siguiente me citaron a una reunión, para ofrecerme coordinar el área de reclamos.

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El posavasos

Una tarde un señor estuvo media hora agradeciendo lo que él consideraba un gran invento, pero que es su caso no servía, o funcionaba mal: el televisor con posavasos.

Desde luego, ese invento no existía. Debía adivinar qué era lo que sucedía orientando la charla con algunas preguntas, eso exigía el manual de atención. Pregunté si su televisor había venido con una promoción con una mesa, si el posavasos se lo habían ofrecido en el comercio, si había comprado efectivamente un televisor, pero todo en vano. La respuesta del cliente era la misma, tengo un televisor al que no le funciona bien el posavasos.

-El problema es que cuando apago el televisor se cierra el posavasos.

Esa frase fue el click, ahí descubrí que el señor había comprado el único modelo de televisor Philips en Argentina que venía con un reproductor de DVD incorporado.

La depiladora

Por regla del call center era nuestro deber hacer una larga lista de preguntas cada vez que alguien nos hablaba por una afeitadora o una depiladora. Imagínense muchas veces la indignación de las damas, ante mis consejos para depilarse mejor.

Que es mejor ir a contrapelo, que antes se recomendaba dejar el vello más bien largo pero ahora es mejor más corto, que si estaba depilando la zona del pubis con ese modelo no era recomendable, incluso he llegado a recomendar la no utilización de la depiladora eléctrica a una mujer que quería saber si había alguna posibilidad de hacer una “tirada de cola” con la Philips.

Sin embargo, uno de los casos que más recuerdo era el de una señora que llamaba indignada porque su depiladora se había roto. Siguiendo el manual de estilo le pregunté cómo había pasado la rotura.

-Estaba yo depilandome con las medias puestas cuando esta máquina de porquería se trabó con la media, y empezó a salir humo del motor…

Ese día no llegué a silenciar mi micrófono antes de reírme, fue la única vez. La señora no entendió ni mi risa ni cómo debía hacer para arreglarla. En esos años yo pensaba que lo que estaba roto eran los productos, hoy miro esa época y dudo. ¿No estará roto el sistema?


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7 comentarios sobre “Memorias de un Telemarketer

  1. Muy divertida la historia. Es interesante y duro el trato con el público. No obstante, también se hace complicado, en los tiempos modernos, los comerciales por teléfono en estos tiempos en que, no sabes dónde ni cómo, consiguen tu número de teléfono y te estrujan la oreja hasta hacer jugo.
    El relato está muy de actualidad.

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  2. Si, de verdad no es facil poder trata con la gente, ojala pudieramos resolver todos sus problemas por telefono, a mi ma paso algo similar, y me ha costado el trabajo tambien.

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