FIESTARecuerdo esos días como los de las certezas de las dudas, los vacíos llenos de aire. También en ese entonces era el mejor de los tiempos, el peor de los tiempos, la edad de la sabiduría y la locura, todo lo tenía y todo era nada.

Una vez que terminé la licenciatura, y cumplí con lo que un joven de bien debe estudiar, decidí que iba a probar un año de trabajo artístico. El gran objetivo era una vida bohemia e intelectual. Soñaba con noches de gala en teatros de ópera conmigo saludando al público desde un rol protagónico. Me gustaba imaginarme también fumando en un café de Europa, como Cortázar, y escribiendo sonetos.

Como era hijo de clase media también entendía que al trabajo se iba a sufrir. Entonces, empataba mis sueños de galas líricas con funciones en salones de fiesta, mujeres cumpliendo décadas y cantándoles los hits de Luis Miguel. Quizás en medio de “suave” y “por debajo de la mesa” se me escapaba rebeldemente un “o sole mío” que además de calentar a las viejas demostraba mi talento y despertaba aplausos.

Todo estaba bastante bajo control. Hacía show despreciables, pero cantaba. Mantenía mis salidas juveniles interpretando canciones agudas y tomando el té con señoras. No era el teatro Colón, pero tampoco era trabajar en el callcenter. Sin embargo, un día pasó lo tremendo.

“Hola, que tal, mi nombre es Javier. Me pasaron tu número porque dicen que animas fiestas. Como en unos días cumplo treinta, y quiero tirar la casa por la ventana, pensaba contratarte. ¿Vos vendrías con bailarinas también?”

Quiero detenerme ahora en todos los horrores que tenía el mensaje. Nunca hice animación de fiestas, yo cantaba. Jamás me sentí cómodo en el rol de alentar a todos a divertirse. Segundo error, en absoluto había hecho shows para personas de treinta años, mi especialidad era la fiesta de sesenta y sabía que a las cuarentonas les gustaba que cantara “señora de las cuatro décadas” aunque fuera una canción despreciable. “Tirar la casa por la ventana” siempre me pareció una expresión espantosa, está bueno festejar pero manteniendo siempre la cordura. Finalmente lo de las bailarinas me resultó hasta gracioso.

“Mirá… Gracias por llamarme. Creo que mi show no es el ideal. Yo canto boleros y arias de ópera. Tengo, si querés, algunos contactos para pasarte” me atajé, pero ante la insistencia y la necesidad de pagar el alquiler acepté.

Durante esos días me dispuse a escuchar y estudiar un montón de música. Miré videos en youtube que enseñaban los pasos de las coreografías clásicas de fiestas y busqué los karaokes de esas canciones. Sólo y en casa, ensayé los pasos más insólitos. Improvisé arengas y practiqué caras de diversión frente al espejo, como adolescente practicando besar. Anoté en partituras cumbias y candombes, para mantener mi engaño profesional y subí de tono el carnaval carioca para demostrar mis habilidades.

Terminé de armar mi vestuario el día del evento. La camisa cuello mao se quedaría en casa y, en su lugar, iría una remera de superhéroe. Me miré al espejo y me saludé, pensando que era otra persona.

Cuando llegué al lugar me recibió Javier, vestido demasiado formal para tirar la casa por la venta. Me saludó con ansiedad y excitación, como quién tiene un instante para saludarse con su ídolo. Me llevó por un pasillo hasta el salón mientras terminábamos de charlar cuestiones del sonido.

Ni bien terminó el show tuvimos una discusión por los honorarios. Yo defendía lo propio aludiendo al principio del contacto “yo te avisé que mi show era diferente, vos me pediste esto”. Javier, por su parte, me reprochaba “Pero me dijeron que tu show era buenísimo, no estuviste a la altura, no bailó nadie”.

Pero quiero volver cincuenta minutos antes de la discusión, volver al instante donde empezó a sonar la música y yo desde el escenario tuve contacto visual con mi público. Todo iba según lo planificado, durante las dos rondas de introducción de la cumbia de apertura arengué al público mirando al piso bailando, como quien empieza un ritual o un trance estelar. Cuatro tiempos antes de empezar a cantar y al llamado de “palmas, palmas” comencé a aplaudir. La ausencia de palmas me trajo de vuelta a la realidad.

Levanté la cabeza y me enfrenté por primera vez a mi público: en primera fila había una abuela de 164 años en silla de ruedas, su esposo vestido de traje sentado a su lado; un espacio más atrás, un grupo de preadolescentes miraban su teléfono celular; casi llegando al final del salón, seis señores jugaba al truco y sus esposas iban y venían de la cocina trayéndoles comida.

Jamás me había enfrentado a un público así ni había cantado las canciones que canté esa noche. Seguramente, a la abuela de la silla de ruedas le hubiera encantado que cantara o sole mío pero no llevé la canción. Desde el momento que entré en contacto con la fiesta me angustie y creo que todos notaron mi incomodidad.

Ese día decidí dejar los eventos. Me reproché que difícilmente Domingo o Carreras hayan pasado por esas experiencias. Pero no solo dejé los eventos, también dejé luis Miguel, dejé los viajes con equipos de música y dejé las utopías. Desde esa noche empecé a trabajar en serio. Desde ese día soy cantante y escribo cuentos, porque eso es trabajar en serio, en oficinas ya trabaja mucha gente.

6 comentarios sobre “Fiestas eran las de antes

  1. En muchas ocasiones, la vida nos obliga a practicar “caras de diversión frente al espejo” y como tú muy bien lo describes terminamos “mirándonos al espejo y saludándonos pensando que somos otra persona”. Me alegro de tu decisión de “trabajar en serio” te deseo mucha suerte, porque el talento ya lo tienes. Saludos virtuales 🐾

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