La peor cita de la vidaCon mi amigo Morfi llevábamos la vida de Hugh Hefner, pero con una diferencia: no la poníamos nunca. Teníamos veinte años y fumábamos habanos, tomábamos whisky on the rocks y escuchábamos discos de pasta todos los viernes a la noche, pero de mujeres… ni noticias. Y si alguno de los dos parecía que pescaba algo, el otro se encargaba de mojarle el asado.

La única vez que estuve cerca de irme con una chica de un bar Morfi me preguntó si al día siguiente iba a misa de 9 o de 11. Lo miré con cara fulminante y, cuando me di vuelta, la dama se había hecho humo. Siempre pasaba lo mismo: ni minitas, ni garche, ni las pelotas.

Por eso, cuando un jueves me llamó para decirme que necesitaba que le hiciera la segunda en una salida de cuatro, no lo dudé. Según Morfi, tenía que salir todo perfecto porque la mujer era hermosa y era pura casualidad que aceptara la invitación.  La idea era juntarnos en un bar de Chacarita. Su amada llevaría una amiga y él, a mi. Era tiempo de mi venganza.

Arranqué muy bien con el tema de cagarle la noche. Me apersoné en el bar media hora tarde y entré charlando con una mina que, gentilmente, se había prestado para el plan. Saludé a todos e invité a sentarse a la mesa a mi nueva compañera que, como habíamos acordado previamente, se negó. Una excelente peor primera impresión.

Como para rematar la cosa, ni bien tuve oportunidad me fui de levante. Dije por lo bajo, pero lo suficientemente alto para que la enamorada de Morfi escuchara, “mirá que buenas que están esas rubias de allá”. Imaginaba que en ese momento Morfi tiraría el rey y abandonaría la partida, pero la que abandonó fue la chica que se suponía debía salir conmigo. No la culpo, yo hubiera hecho lo mismo.

Estaba charlando con las rubias cuando vi que Morfi y su amada se habían quedado solos y estaban por besarse. Decidí volver a tomar cartas en el asunto. Si iba a ser la peor cita del mundo había que jugar fuerte, y yo estaba dispuesto a todo.

Dejé a las rubias y me senté a la mesa. Propuse hablar de religión y de política, me burle del apellido medio vasco de la chica, me hice el borracho, les mostré videos asquerosos de minas sacandose cosas gigantes de la concha, le volqué un vaso de cerveza encima a la muchacha, me levanté tambaleante hasta el baño y volví contando la vomitada más terrible.

Morfi me miraba con odio y su amada con repulsión. Pero todavía faltaba algo más. Cuando se levantaron para irse le dije a mi amigo “no puedo más, dejo el auto acá y me llevas a casa, ¿dale?”.

Al día siguiente lo llamé para burlarme. Morfi me atendió feliz y cuando le pregunté qué le pasaba me dijo “Boludo, te debo una. Esta noche vamos a salir con Cecilia otra vez. Me dijo que tengo un corazón de oro para salir en la primera cita con mi amigo discapacitado”.

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