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Cuentos de fútbol, recuerdos de FAFI

La primera vez que mandé a alguien a la concha de su madre tenía nueve años y jugaba de arquero para la categoría 86 del club  Chacabuco. No fue un insulto más, ni con la levedad de proferirlo a un compañero, no. Había que tener huevos para, a los nueve años, mandar a la concha de su madre a Jorge Troncoso.

Jorge Troncoso, nuestro director técnico, medía cuatro metros veintidós centímetros (quizás haya aquí una leve exageración poética), tenía una fuerza torpe y se le juntaba mucha saliva en las comisuras de los labios al hablar. Jamás insultó a uno de sus dirigidos, pero solía entrar al vestuario a los gritos. 

Troncoso se habían formado en un fútbol de antes. Jugó de defensor en Vélez durante buena parte de su carrera e incluso llegó a la selección. En esas épocas, los fulbács y los carniceros utilizaban las mismas técnicas.

Una tarde, en el entretiempo de un partido, Jorge entró al vestuario dando un golpe en la puerta de chapa. Un bajito, de pelo largo, vincha y rodillera, nos había hecho dos goles. “Yo no les voy a decir lo que tienen que hacer… No les voy a decir lo que tienen que hacer… pero… el diez de ellos tiene puesta una rodillera… una rodillera… yo no les puedo decir cómo hay que hacer para que ese pibe no juegue más en el segundo tiempo… no puedo… pero quiero que me entiendan, tiene una rodillera. ¿Qué tienen que hacer?”. Para el lector desprevenido, la pregunta retórica del DT invitaba a unos niños de nueve años a romperle la rodilla de una patada a un desconocido pelilargo y número diez.

La tarde que mandé a Jorge a la concha de su madre empezó con un error mío. Jugábamos las últimas fechas del torneo de FAFI. Chacabuco estaba segundo y nuestros rivales venían quintos. Llegando al final del primer tiempo nosotros ganábamos uno a cero. Troncoso desde la raya nos gritaba y alentaba.

Patearon de atrás de mitad de cancha. Yo me agaché. La pelota entró (en el baby fútbol los goles deben ser de adelante de la mitad). Busqué el cuero entre las redes y, cuando me disponía a volver a ponerlo en juego, el pitido del árbitro me estalló en el corazón. Por motivos reglamentarios que no desarrollaré, el árbitro fue el único de toda la cancha que vio ese gol como lícito y lo sancionó. Inmediatamente, terminó el primer tiempo.

En el vestuario, lejos de preocuparse por el error del árbitro, Jorge Troncoso tenía reservada para mí todas sus frases y comentarios agudos para el entretiempo. Me decía que yo jugaba al baby fútbol desde hacía veinticinco años, que no podía ser que me hicieran un gol tan boludo, que si me ponía era para que las atajara y no las dejara pasar, que se cagaba en Dios y la virgen, que no íbamos a salir bicampeones por mi culpa, que en la semana me iba a poner todos los entrenamientos a recibir pelotazos de los más grandes para que me hiciera hombre, etc. etc. etc.

Volví a la cancha temblando y seguido por Jorge que, a paso lento, me murmuraba en el oído. Supuse que todo se terminaría cuando me pusiera bajo los tres palos y él se sentara en el banco de suplentes. Me equivoqué. Nuestro técnico se paró al lado del arco y continuó machacándome durante el resto del partido.

Como el sonido de las heladeras, que no te das cuenta lo que molestaba hasta que paran, fue la compañía de Jorge a mi lado. Gritó todo el resto del partido. Mi mente alternaba entre escucharlo y concentrarme en el match, pero su monólogo fue un sinfín continuo.

Sobre el cierre del partido hubo córner para nosotros. Me acerqué a la mitad de cancha. Gonzalo amagó a tirar el centro y dio un pase sutil atrás. La pelota vino redonda y manza hasta mis pies.

Antes de patear tuve tiempo para escuchar un grito más “Encima la vas a cagar sobre la hora”. La agarré de lleno, con alma y vida. Había acumulado durante media hora en la garganta el llanto y lo había descargado en forma de zurdazo. El arquero rival se estiró, pero a los 9 años ningún arquero llega tan arriba como para tocar el travesaño. Fue un golazo.

En lugar de festejar, caminé hasta el costado de mi arco. Me acuerdo que estaban mis papás y los papás de mis amigos festejando en la tribuna. Vinieron corriendo a abrazarme Gonzalo y los otros. Pero yo seguí caminando con la mirada fija al costado del arco, como hacen los asesinos en las películas de terror.

“Para vos Jorge, andá a la concha de tu madre”, dije mientras caminaba. Jorge me abrazó y me dijo al oído “Yo sabía que si te pinchaba lo ganábamos por vos”.

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Un comentario sobre “Mi primera gran puteada

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