Como artista te vas a cagar de hambre
Un relato corto sobre la vida del artista

La primera vez que me robaron fue en plena zona de congreso, una de las más recorridas de Buenos Aires. En realidad, “me robaron” es una forma de decir, porque como estaba dando audiciones de teatro no tenía ningún producto para ofrecerle al ladrón.

Eran mis primeras armas en el camino del musical así que hacía castings de todo tipo. El día del robo había ido a un encuentro privado en la casa de un director que me pidió que le hiciera un masaje en los pies mientras presentaba mi monólogo. Fue algo extraño, pero era moneda corriente ese tipo de actitudes por esas épocas.

La juventud es momento de búsqueda. Esa búsqueda, en mi caso, era guiada por dos voces que me hablaban al oído. Una era muy parecida a la de mi maestra de jardín y me preguntaba “¿es esto lo que realmente querés para tu vida?”. La otra, sonaba como la de mi papa, y protestaba “¡Pero con esto no vas a ganar un mango!”.

Esa etapa era como vivir desnudo. Estaba constantemente presentándose a castings para ver “si les gustaba”. No me iba mal, solía quedar más veces que las que me rechazaban. Sin embargo, las obras se terminan y nuevamente uno tiene que salir a ver si su pito es el que mejor queda para la siguiente obra.

La audición del robo fue en septiembre. Había cantado bien y actuado mejor, por lo que caminaba por la calle con la autoestima elevada. Ese andar debe haber visto el ladrón y lo confundió con el de los contadores que les va bien en los negocios. Son caminatas muy parecidas en la forma, pero completamente diferentes en contenido.

Ni bien salí de la casa del director, el muchacho se me tiró encima. Me hablaba rápido y me hubiera gustado corregirle los tiempos de verbo, pero no me parecía el momento adecuado. Tardó unas siete u ocho tocadas de ojete en sacarme la billetera del bolsillo de atrás y descubrir que en lugar de billetes había monedas para el colectivo, que mi única tarjeta era la del blockbuster y  el único objeto de valor, un pendrive con karaokes.

Si en lugar de un casting hubiese salido de un estudio de abogados habría tenido un maletín robable como la gente, pero no. Si hubiera estado haciendo cosas importantes habría tenido en la billetera una tarjeta de crédito, en lugar de la de un videoclub.

No festejo la pobreza, ni mucho menos, si digo que se siente muy cómodo ir ligero de cosas. Mis karaokes, mi acceso a las películas que quería ver, y mis monedas, eran todo lo que necesitaba en esa época. Se ve que no pensaba lo mismo el ladrón que me dijo que era un cliente de mierda, mientras empezó a alejarse resignado.

Yo todavía estaba temblando del susto, cuando el señor se dio vuelta y vino caminando hasta mí. Dudé en salir corriendo o esperarlo. Me acuerdo de pensar “ahora viene y me mata para no dejar testigos”. Se acercó y extendió la mano con unas monedas que había llegado a robarme. “Tomá flaco, sino no vas a poder tomarte el colectivo”, dijo mi ladrón entre apenado y dadivoso.

 

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