IMG-7209La neurociencia sirve para muchas cosas. Por ejemplo, para molestarme. Nosotros, los que todavía creemos en la magia, lloramos en secreto ante cada nuevo descubrimiento. Ojalá nadie investigue lo que pasó en la mente de Casiano López, mi abuelo, el día que volvió a su casa en España después de sesenta años.

 

Todo empezó como un domingo más. Disfrutábamos del asado en familia, del abuelo en la cabecera y del televisor en mute pasando partidos de la liga española. Pero, mientras se servía una copa de vino de la damajuana, don López rompió el silencio. Ninguno imaginaba entonces que iba a salirse con eso de que se sentía viejo y que soñaba con volver a sus pagos, con sus hijos y nietos, a saludar a su hermano.

España expulsó a Casiano cuando, a los dieciséis años, le puso un fusil en la mano y lo obligó a pelear con otros nacidos en su tierra. Nunca dijo en qué bando estuvo, y eso evidenciaba dos cosas: el bando para el que luchó y un remordimiento que le duró toda la vida. Tampoco contó muchos detalles de su viaje, pero el hecho de que no perdiera ni una pizca el acento español dejaba la sensación de que estaba por Argentina de paso y que su lugar en el mundo era Lugo.

Un año después del asado en familia estábamos todos recorriendo Galicia en camioneta. A mediados de 1999 los navegadores de GPS no existían en los teléfonos móviles, básicamente, porque casi no existían teléfonos móviles. Antes del viaje, mi papá y mi tío habían marcado con fibrón rojo las rutas. Una vez en Lugo no hizo falta ver el mapa porque el abuelo tomó la posta de las indicaciones.

Llegamos a destino guiados por don López y bajamos del auto frente a la casa de piedra donde había vivido. Me acerqué y le tomé la mano, que le temblaba más de lo habitual para un enfermo de Parkinson. Casiano tenía miedo y no lo culpo, sesenta años son mucho tiempo y hasta los hermanos pueden no reconocerse.

Cuando se abrió la puerta los ojos de los dos Gallegos se iluminaron. El que se había ido a “hacer la América” se abrazó con el campesino que todavía tomaba en bota como nadie. El que se rompió el alma trabajando de panadero, camionero y mozo en Argentina le dio una palmada al que con noventa años seguía subiendo a los mismos montes de España. Los hermanos se saludaron en un gallego perfecto, por más de que don López no lo había hablado en años.

Seguro que hay algo en el cerebro que se activa y eso hace que uno pueda ubicarse en un lugar que no recorre hace años. Si busco en Google, con certeza voy a encontrar un estudio que demuestre lo que pasa en la memoria al escuchar la lengua materna. Capaz cuesta un poco más encontrar la explicación, pero la debe haber, de cómo el abuelo al día siguiente dejó de usar el bastón y se anotó en el torneo de fútbol de la fiesta de San Lorenzo, formando equipo con nosotros y su hermano.

Sin embargo, les pido por favor que si encuentran esas respuestas, no me las traigan. Todavía prefiero creer que lo que pasó aquella vez está más relacionado con la magia que con la ciencia.


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7 comentarios sobre “El sueño de don López

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