IMG-7495 (1)Cuando mi prima (católica) y su novio (judío) se casaron, tuvieron una fiesta con todos los ingredientes propios de las ceremonias mixtas: un cura y un rabino, el novio pisando la copa en mil pedazos y Enzo Francescoli como invitado. En esa ceremonia no solo descubrí un sinfín de danzas hebreas sino también que mi prima y la esposa de mi ídolo de la infancia eran íntimas amigas.

Las fiestas de casamiento son lamentables. Uno llega con su ropa de pontificar y termina con la camisa desabotonada, la corbata de vincha y una mancha de vino en el saco. En el medio de la llegada perfecta y la salida arruinado, cada invitado ha de someterse al trencito humano (un acto deplorable que debería prohibirse por ley), los videos horribles e incómodos de los recién casados (en muchos casos besándose) y  a la batalla campal devenida en “sorteo de la próxima novia” en sus tres episodios: liga, ramo y anillo.

Los personajes de los casamientos son también destacables tristezas humanas. La novia y el novio atraviesan una dicotomía tremenda al no entender por qué estar atendiendo a todo el mundo debería ser “la noche más feliz de su vida”. Los padres de los novios exponen indirectamente la plata que pusieron en la fiesta. El aburrido que no quiere bailar y la divertida (generalmente petisa y tetona) pelean histéricamente en una mesa. Los que no saben bailar y los que no saben divertirse suelen unirse en la pista haciendo “pogo”. El tío borracho se destapa totalmente en el carnaval carioca y se chapa a la amiga recién divorciada de la madre del novio. Y, como en toda fiesta, aparece un desconocido que convida droga.

Todas estas acciones y personajes son elementos tan necesarios de la ceremonia matrimonial como los invitados por obligación y la torta. Sin embargo, en los casamientos como en la vida, un breve cambio de lo esperable termina demostrando lo patéticas que resultan todas nuestras rutinas. Ver a Francescoli en la pista de baile, como esperando un córner al punto penal, era tan absurdo como los casamientos mismos.

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Mi héroe de la infancia no sabía que, mientras bailaba “el meneaito”, yo lo miraba desde la mesa de invitados número nueve. En realidad no miraba su danza exótica sino al chico que en casa pateaba tiros libres sobre las macetas diciendo que era Enzo Francescoli y que cuando la abuela protestaba porque estaban todas las plantas rotas decía “es que El Enzo le pega asi”. Mientras “el príncipe” soplaba con todas sus fuerzas un espantasuegras que no se abría yo recordaba que de chico decía “de grande quiero ser como El Enzo”.

De pronto, sentí un impulso y me mandé a pedirle una foto en el medio del casamiento. Me dio miedo que en algún momento Juaco niño tuviera la posibilidad de reprocharme no haber hecho nada para conseguir la foto con nuestro ídolo. Por más de que la gente estuviera disfrazada con caretas de plástico y agitando maracas de frutas gigantes, a Francescoli le llamó más la atención que un grandulón se acercara en medio de la fiesta y le pidiera sacarse una foto. Accedió, pero no con la mejor onda.

Hace un tiempo, cada vez que entro a mi pieza miro sobre la mesa de luz la foto con Francescoli en el casamiento de mi prima. No me pone feliz, sino todo lo contrario. La dejo entre las fotos importantes para recordarme que desde el día que lo conocí, mi ídolo dejó de ser ese ser casi inalcanzable, para convertirse en una foto en un portarretratos. Las personas, como las sociedades, necesitamos espejismos porque sin sueños no hay futuro.

Desde ese día ando por la vida con mucho más cuidado, alejándome de todos los que quieran vaciarme de fantasías y convertirlas en instagrameables retratos. Ando por ahí huyendo de los que, como Enzo Francescoli, nos quieren robar el futuro.

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3 comentarios sobre “Nos quieren robar el futuro

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