Unos meses antes del mundial de México 86, y ante el silencio de jugadores de todo el mundo, Diego Maradona alzó la voz contra la FIFA por el horario de los partidos. “El mayor problema del mundial será los horarios de los partidos, porque al mediodía el clima es infernal para realizar cualquier tipo de esfuerzos”,  decía entonces el Diego y continuaba: “Yo no pretendo arruinarles el negocio de la televisión, allá ellos; lo que pido es que nos consulten a nosotros, a los jugadores, a los verdaderos dueños del espectáculo, porque ellos sin nosotros no eran ni son nada”.

Treinta y dos años más tarde, fueron las mujeres las que levantaron la voz  siguiendo un reclamo que se visibilizó con el caso Macarena Sánchez. La jugadora de UAI Urquiza había sido desvinculada y terminó desatando una tormenta en redes sociales. “No contamos con los derechos que tiene un jugador varón”, reclamó entonces la jugadora.

A Diego y a Maca los une la rebelión y la búsqueda de poner a los deportistas por delante del resto de las cosas. En éstas actitudes, pocas en un fútbol lleno de cómplices, es donde nace la esperanza de que todo cambie.

Muchos gritan desde hace años “¡Cambien el fútbol!”. Y esos mismos, ahora empiezan a ver en las damas ese toque de entereza que necesita cualquier gambeteador. Juntas, sin distinción de camisetas, pelearon contra todo lo preestablecido y fueron abriéndose paso a empujones.

Para jugar al fútbol más que huevos se necesita rebeldía. Hay que tener personalidad para pedir la pelota cuando quema, para gambetear o tirar un caño tanto como para afrontar un reclamo justo.

Los dirigentes, los hinchas y los jugadores están tan prendidos en la rosca que ya no se ven esos actos de rebeldía. Todos funcionales y temerosos dentro y fuera de la cancha. Afuera para callarse con lo ajeno al fútbol, adentro para no tirar caños porque hay que ganar o ganar.

No sólo se trata de las agallas que tienen los rebeldes. Hace unos días un árbitro de fútbol amateur contaba que después de 32 años dirigiendo partidos de hombres había empezado a pitar en fútbol femenino. “¿Sabés qué es lo que pasa?” explicaba, “es hermoso venir a jugar acá, nadie se agarra a trompadas, nadie protesta de más… es como debió haber sido el fútbol en la prehistoria”.

Pero no sólo a los que nos gusta el fútbol estamos mirando a las pibas. También las están mirando el mercado, la AFA y la FIFA. Es decir, un montón de hombres tratando de sacar beneficio de la lucha, sin darse cuenta de que son ellas las que los están usando para tirar al fútbol, como lo están haciendo con todo.

 

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