Hace unas semanas mi abuela Ida se murió por quinta vez. Y unos días más tarde, después de habernos despedido y haberla llorado, le volvieron a dar el alta del hospital. Cuatro días después de su quinta muerte, la vieja andaba por su casa lo más campante.

Doña Ida es una gallega tan fuerte como cabeza dura. Quizás por eso hace diez años que nos tiene a todos atentos con los ACV, los infartos y las infecciones. Lo de jodida no es de ahora, fue siempre. Cuando era adolescente Ida solía mandarme en cana con mis viejos cuando tenía una aventura amorosa “Anoche, cuando ustedes no estaban, vino una cualquiera a dormir con Juaco. No la vi, pero la escuche entrar, la escuché gemir y la escuché decir “Listo? tan rápido?””.

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Muchos tienen la creencia (según una encuesta que hice en Instagram) de que los viejos están para molestar. Entre las respuestas se repetía el hecho de demorarse en las filas, colarse en los supermercados y cagarse en los pañales. Hay incluso quien ha llegado a decir que su abuelo era tan jodido que con tal de molestar a la familia decidió morirse.

A veces pienso que eso de hacer las cosas despacio lo entrenan en aquagym. Ese deporte hijo de puta que de aqua tiene sólo un poco y de gym no tiene un carajo. ¿¡Qué podemos pretender de unas personas que hacen Aquagym, dominó y burako!? Igual ni el dominó ni el burako son la competencia preferida de un viejo, la rivalidad más grande entre ellos es ver quién toma más medicamentos.

El tema con la abuela es que la vez pasada fue distinto. En estos diez años nos creamos una red familiar que funciona muy bien. Con todo el amor que nos dio la gallega en su vida, estar alrededor de ella es lo menos que podíamos hacer. Después del segundo ACV nos sacamos ésta foto juntos faltándole el respeto al paso del tiempo. Pero un tercer ACV en diez años nos hizo pensar que era el último.

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Esos días de internación son tremendos. Vamos a dormir con el celular en sonido, sabiendo que en algún momento de la noche va a chillar y nos vamos a despertar con la muerte al teléfono. Hablará la parka, pero pondrá voz de un padre, un tío o un hermano mayor. Y saldremos rápido a buscar el auto (sin entender nada, pero rápido) y desde ahí la muerte llamará con nuestro teléfono a  un primo y usará nuestra voz para pasar la noticia.

El problema es cuando pasa la noche y no hace ring el iphone, pasan dos, pasan tres. Nosotros sabemos que en algún momento van a llamar, pero no suena. Y uno se siente un hijo de puta porque a veces cree que es mejor que suene, que es mejor empezar a recordar momentos hermosos y llenos de infancia que seguir sumando fotos de ambulancias y hospitales en ese álbum imaginario que es la memoria.

Es cierto lo que dice la encuesta de Instagram, los viejos molestan. Molestan tanto como ese celular en sonido. Porque están ahí siendo una alerta constante. Un celular con sonido nos recuerda “El viejo se está por morir” pero los viejos nos dicen en voz muy baja “y ustedes son los próximos”.

Aquagym nos molesta porque somos nosotros los que no vamos a jugar a la pelota nunca más, porque nosotros vamos a tener que caminar con bastón y serán nuestros pañales los que se llenen de mierda. Hacemos todo lo posible día a día para olvidarnos de ese pensamiento, pero está ahí, activado como el ringtone del celular. Y los viejos vienen a ponerlo en evidencia… ¡Qué jodidos son los viejos!


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