En una época supe ser dos personas al mismo tiempo: Joaquín y Juaco. En términos clínicos parece esquizofrenia o doble personalidad, pero muchas veces la diferencia entre el arte y la locura es mínima.

Joaquín durante la semana era un ser responsable, que iba a trabajar a un canal de televisión con raya al costado. Un tipo serio, delicado y algo aputazado, que citaba a Walt Withman o hablaba de compositores barrocos y cantantes líricos (que muchas veces él mismo desconocía). De esa época se rescata esta foto, de una acto solidario.

Sin embargo, los fines de semana todo cambiaba y Juaco organizaba las fiestas de las tres cifras en su casa. La joda empezaban cuando hubiera más de 100 invitados en el PH y terminaban cuando llegaba la policía. Valía todo, y quizás por eso terminaban siempre convirtiéndose en rituales orgiásticos. La foto más publicable de entonces es ésta, donde estoy semi-desnudo, al fondo, preparando Fernet.

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Las copas de vino, los porros y los sexos pasaban de mano en mano y de boca en boca. Generalmente, la música estaba tan fuerte que tapaba los gemidos, pero a veces éramos tantos amándonos que los vecinos horrorizados pedían que pusiéramos más fuerte la música, aunque fueran las cinco de la mañana.

Durante la semana, la casa de las orgías se parecía más a una biblioteca, por el silencio y el aburrimiento. La gran compañera de Joaquín era Doña, la gata. Entre los dos pasaban las tardes solos y acurrucados. Las noches quedaban libres con la intención de que apareciera una muchacha que cambiara la vida para siempre, pero casi nunca pasaba.

Las dos personas que era yo entendían perfecto cuál era su momento, hasta que un martes Juaco llegó a la casa de Joaquín con una muchacha. Fue una catástrofe. Mientras Juaco y la dama se revolcaban por la casa, Joaquín le prometió amor eterno recitando un poema de Neruda.  Así que durante un tiempo tuve una novia a la que creo que nunca amé.

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Desde el momento en que se conocieron Joaquín y Juaco se llevaron para el orto. Cada uno era el reflejo patético de lo que no querían ser. De a poco se fueron haciendo la vida imposible: Joaquín interrumpía las fiestas poniendo Mozart, Juaco se fumaba un porro en el almuerzo del trabajo, Joaquín le seguía prometiendo amor eterno al amor casual y Juaco rompía las promesas amando a otras.

Fue tan intensa la pelea entre mis dos personalidades que tengo apenas pinceladas y recuerdos muy borrosos de esa época. Algunos pueden decir que es por el porro o por el vino, pero creo que Juaco y Joaquin alguna vez se agarraron tan fuerte a trompadas que debo haber quedado inconsciente.

Hoy los dos están en silencio examinándose, mirándose el uno al otro, fijos y concentrados. No hacen ruido y casi nunca toman la posta. Pero algunas veces, Juaco me habla al oído y añoro esos días de fiestas. Otras, en cambio, Joaquín me reprocha por haber ido licuando mis sueños a fuerza de convertir baratijas en utopías.


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