La primera vez que fui a un vidente fue una experiencia inolvidable… por lo mala. La verdad es que no tenía problemas amorosos, futuros inciertos, ni consultas por el estilo, pero me sedujo la publicidad que vi en Instagram “Sin cartas, sin números, sin astros, veo el futuro, posta”. Y luego de un click el vidente aseguraba “Tarot, lectura de manos y rituales de amarre tan efectivos que ya nunca más perderá su barco”.

Ni bien me abrió la puerta y sonrió lo identifiqué: en su boca sólo tenía dos dientes, es decir, era el bi-dente. Me recibió en un atuendo extraño mezcla de kimono y bata, y con unas pantuflas de garras de oso. De su cuerpo colgaban incontables collares, anillos y pulseras, al mejor estilo Pepito Cibrián. 

– Joaquín Stringa. Un engendro entre autor teatral, escritor y periodista. Le gusta el fútbol. Padre de Valentina y Guadalupe, casado con Belén Badía. De chico tenía una banda de rock, se llamaba Destinos Cruzados. Estudió saxofón en el conservatorio, pero ya casi nunca toca. En las navidades se disfraza de Papá Noel

– Y usted, ¿cómo sabe todo eso?- Interrumpí asombrado y empezando a darle cierto crédito.

– Te Googlié…

Retos Semanales de escritura

Con un gesto me invitó a sentarme a la mesa. Entre el gato negro, la poca luz y el olor a sahumerio estaba realmente asustado. 

– Tome, póngase esto en la sien masajeando levemente- invitó el alquimista mientras me entregaba una especie de sopa en un frasco muy pequeño.

– ¿Es un brebaje mágico?

– No, es óleo 31. Le va a ayudar con el dolor de cabeza.

– Pero a mí no me duele la cabeza…

– Todavía no.- Advirtió en un tono amenazante.

Quise negarme, pero él insistió. Entonces me paré y con el apuró le dí un golpe a la mesa. Con el topetazo tire la bola de cristal de la adivinación que se hizo añicos contra el piso.

– No se preocupe, sabía que esto iba a pasar desde el momento que entró. Yo dejé que sucediera.- murmuró el pitonizo.

– Pero si sabía que iba a pasar ¿Por qué no hizo nada?

-Voy a confesarle algo: no necesito esa bola para ver el futuro. Pero la gente necesita un poco de escenografía para creerme.

– ¿Todo esto es trucho, entonces?

– Todo, menos mi poder.

– ¿Puede ver el futuro de verdad?

– Voy a hacerle otra confesión: si. Pero tengo un problema, ya estoy grande y he perdido bastante la visión. Para colmo, estos lentes sirven únicamente para la miopía de distancia, pero tienen poco efecto en la miopía de tiempo.- Reveló, mientras se sacaba los lentes y los frotaba levemente contra la bata.

– No entiendo, ¿ve el futuro o no?

-Veo el futuro, pero como estoy corto de vista, solamente veo un futuro muy cercano… digamos que de cinco a diez minutos.

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Lejos de creerlo un chanta me volví un fanático de este ser de luz. Me deleitaba el hecho de estar hablando con una persona con un súper-poder. El tipo veía el futuro, posta. Es cierto, solo diez minutos, pero lo veía.

– ¿Y que ve en mi futuro?

– En tu futuro, no me preguntes por qué, hay un número: el 56.

– Ni bien salga de acá lo juego. Pero aprovechando su sinceridad, ¿Qué hace la gente cuando viene? ¿Qué les dice?

– Les digo la verdad, no me gusta mentir. Aunque a veces puedo ser un poco esquivo.- Mientras hablaba se acomodaba una especie de turbante que llevaba en la cabeza.

– ¿Esquivo? ¿Cómo se puede ser esquivo en adivinación del futuro?

– Mire, generalmente la gente viene aquí con dos grandes temas: Amor y trabajo. Dentro de cada tema hay subgrupos, pero básicamente la gente viene por eso. ¿Acaso ella volverá?, ¿Es verdad que mi marido me engaña?, ¿él me ama?… Todas estas preguntas, son imposibles de responder, pero siempre hay alguna salida: “Ella lo ama, sólo que no lo sabe; la respuesta es dolorosa y creo que usted no está listo para oírla; y ¿quién engaña a quién, verdaderamente?”

– Entiendo, pero ninguna de esas son buenas repuestas a la hora de hablar con alguien sobre su futuro laboral.

– No, el secreto para lo laboral es otro. Es responder a cualquier pregunta con una nueva requisitoria: “¿Es acaso esa la verdadera pregunta que lo trajo hasta aquí?”… Y si esa no funciona, la que va muy bien es “veo un viaje”. A la gente le encanta que vea viajes. Por otra parte, el viaje lo veo siempre… el de vuelta a su casa. 

– ¿Y acierta siempre?

– Es que yo no arriesgo, yo veo el futuro. Hablando de eso, por favor, se le va a hacer tarde y todo lo que vino a saber ya fue respondido. No se olvide, el 56.

Le di la mano y me di cuenta de que nunca le había preguntado el nombre, pero ya no me pareció un buen momento para hacerlo. Dudé en ir a la casa de quiniela, pero el señor fue tan insistente con el número en mi futuro que me mandé.

En lugar de encarar para donde había estacionado el auto me fui para la otra esquina. Crucé sin mirar y el 56 casi me mata. Frenó a tiempo y sólo me golpeó un poco la cabeza… recién ahí entendí lo del oleo 31.


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3 comentarios sobre “El vidente

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