Cuando el equipo del Dr Ravena, el cirujano del hospital, entró a la sala de operaciones pensaban que se trataba de una sencilla operación de rutina, pero todo estaba por cambiar. En realidad, la operación no fue difícil en ningún momento, pero el contexto la tornó especial.

– Roberto Soplhondo. Sesenta y siete años. Saxofonista de profesión. Obra Social de empleados de cancillería. Circuncisión por fimosis. – explicó Rodriguez en voz alta mientras le entregaba la carpeta a Ravena para que firmara.

Con el paciente completamente dormido comenzaron los movimientos tradicionales dentro del quirófano. Entre pedidos de bisturíes las charlas de los médicos eran pavadas para mantener despejada la mente.

– ¿De qué estás hablando, Claudio? El vacío es y será siempre jugoso – Protestó Ravena dejando un instante la operación para hacer montoncito con las manos.

– Doctor, en ésta no lo sigo… el vacío es cocido- respondió Claudio con la mirada atenta en los equipos que regulaban la anestesia.

– A vos no te gusta cocido, ¡te gusta quemado!

– Se dan cuenta de que están hablando pavadas los dos: es a punto. Ni jugoso, ni quemado- Se sumó Openheimer, el instrumentista.

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De pronto en una de las paredes del consultorio empezó a sonar un teléfono rojo a disco. Ninguno de los presentes había reparado jamás en aquel artefacto hasta que sonó. Ravena hizo una seña con la cabeza y Rodríguez fue a atender.

– Dr Ravena, es para usted… parece que es urgente… es el presidente de la nación.

Ravena se tomó unos segundos para dejar las herramientas de trabajo bien limpias y acomodadas, caminó lentamente hasta el teléfono y respondió. Efectivamente, era el presidente de la Nación.

–  Mire sé que está muy ocupado en este momento, pero quiero pedirle especial cuidado del hombre que está con ustedes. Es fundamental para la Nación Argentina que cuide de él.

– No tenga problemas señor Presidente. Se trata de un proceso sencillo- aseguró Ravena acomodándose la corbata.

– Muy bien… y si así no lo hiciereis que Dios y la Patria os lo demanden-

Nadie entendió por qué el presidente en persona llamaba por esa línea directa al quirófano, ni tampoco imaginaban por qué debían cuidar tanto a alguien vinculado con la música, con el arte… con la cultura.

El clima había cambiado por completo. Ahora sí estaban todos tensos, el doctor Ravena tenía un leve temblor en las manos, el asistente Rodriguez empezó a preguntar todo dos veces, Openhaimer sudaba frío y Claudio empezó a silbar en el silencio de la sala de operaciones.

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– Seguro que es un agente encubierto, o alguna cosa de esas.

– Rodriguez, ¿quién le dió vela en este entierro? – Preguntó el anestesista.

– Doctor, ¿Cómo hace para comer vacío pan si está jugoso? No se puede cortar todo eso con los dientes – Retomó Claudio

– ¿Y quién quiere comer vaciopan? mezclarle pan al vacío es un sacrilegio.

– “A punto” nos evitamos los dos problemas – Insistió Openhaimer mientras le pasaba el bisturí a Ravena.

La charla era la misma pero el clima había cambiado. Se notaba una densidad diferente, todos seguían hablando entre ellos pero con la cabeza puesta en el teléfono. No se miraba a los ojos, pero bastaba con verse las manos temblando para saberse carcomidos por la ansiedad y el temor.

– “A punto” es una opción que no suma para nada en esta discusión. Es un gris para lavarse las manos. Y la cosa en este momento no está como para lavarse las manos – señaló Ravena a Openhaimer mientras agarraba el bisturí.

– No me lavo las manos, se puede estar en el medio, en el punto justo.

– Siempre fuiste tibio, las terceras posiciones no sirven.

– Y menos cuando estamos hablando de asados- intervino Rodriguez tratando de traer calma.

– No mezclen las cosas… – protestó Openhaimer cuando el teléfono empezó a sonar otra vez. Todos hicieron unos instantes de silencio esperando la orden de Ravena para atender.

– Estoy terminando la operación. No me importa que sea el presidente, si nos desconcentramos ahora le podemos entregar un cadáver. Los quiero a todos atentos acá. Que espere. Y Rodríguez… no estamos hablando de asados, estamos hablando de vacíos. No es lo mismo.

– ¿ Y por qué dice que no es lo mismo?-

– El asado tiene hueso, con hueso es otra cosa… con hueso si me gusta a punto.

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Ravena seguía impoluto completando la cirugía mientras los demás alternaban la vista entre el paciente y el teléfono que no dejaba de sonar. De pronto el tono de llamada cambió por un pitido y al tercer pitido las luces de la sala empezaron a titilar junto con una pequeña lamparita roja que estaba en un costado y que nadie había visto.

– Doctor Ravena, perdón… pero… ¿Qué es “a punto” en el asado?- preguntó Rodriguez.

– En el asado es cuando está jugoso por dentro, pero crocante por afuera.

– En el vacío se puede lograr ese punto- Reprochó todavía nervioso el instrumentista.

– Pero no me gusta así en el vacío.

Todas la acciones de rutina empezaron a demorarse, a ralentizarse. Todos querían asegurarse que lo que estaban haciendo estaba bien y lo único que lograban era entorpecerlo.

– Perdón Doctor, pero no es un tema de gustos… no cuando hablamos de cómo hacer un buen asado en general… o un vacío en particular.- Todavía en voz muy baja por la adrenalina hablaba Rodriguez.

Nadie respondió. Los minutos que siguieron fueron en completo silencio interrumpido por el teléfono que no dejaba de sonar. Saturaron, cocieron y entonces sí Ravena atendió el teléfono mientras el resto terminaba con la rutina.

– Perdón, me equivoque.- Titubeó el presidente del otro lado del teléfono.

– ¿Cómo?

– Si, quería llamar a la comisaría y marque hospital. Era un tema de seguridad y no de salud… perdón… mala mía.

Ravena cortó el teléfono y tiró los guantes a la basura con enojo. Saludó a todos y se fue exclamando en voz baja.

– Así no se puede, con esta gente no se puede hacer nada y con tibios no me gusta trabajar.


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Un comentario sobre “Llamado del presidente

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