Me da bronca no poder contar esta historia con recuerdos de cancha junto a mi viejo. Siento que quedaría mucho mejor adornarla con anécdotas de tribunas y abrazos de victoria, pero no.

Para mí, como para todo hincha fanático de river, el 9 de diciembre del 2018 será una fecha inolvidable. Algunos tendrán guardado para siempre el recuerdo del gol de Pratto, empatando la serie por tercera vez. Para otros el desahogo histórico del pelotazo de Quintero será un momento único en la vida. Y estarán también los que inmortalizarán la corrida del pity Martínez contándole a los hijos de sus hijos que la vieron en vivo. Y todo eso es perfecto, y todo eso es soñado, y todo eso está bien. Sin embargo, para mí esa fecha será para siempre la del día en que murió mi papá.

La muerte lo alcanzó, o él la alcanzó a ella, en el mismo instante que la gloria y la victoria explotaban en la cancha del Real Madrid. Nadie sabe quién fue el que atrapó al otro pero sin ninguna duda se encontraron.

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A mi viejo, con el tema del fútbol, lo traicioné jodido porque cambié la dinastía familiar cuerva, dejé de lado los principios de abuelos y bisabuelos, hice oídos sordos a los mandatos futbolísticos y me hice de River en lugar de ser de San Lorenzo, como mandaba la sangre.

A los diez años festejé con un amigo de la primaria la copa del 96 y sentía mucha envidia por los padres e hijos que se veían en la tele festejando juntos. Tiempo después fui consolado por mi viejo en su casa el día que River se fue a la B (“Te entiendo hijo, es tremendo”). Y Cuando San Lorenzo ganó su copa le dije algo parecido a mi papá (“Yo también te entiendo, es el cielo”).

La Libertadores del año pasado se convirtió, sin que nadie lo pidiera, en la razón para de saber si había hecho bien en cambiarme de equipo. Si River le ganaba a Boca habría sido la decisión más importante de mi vida, porque el placer eterno de ganarle al rival la final más importante de la historia sería algo que con San Lorenzo no hubiera podido vivir jamás. Pero si perdíamos… si perdíamos todo iba a ser peor. La humillación sería tremenda: por la derrota, por lo de la B, y porque al pedo le habría fallado a mi viejo.

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Me parece poético que la gloria y la muerte se hayan dado cita al mismo tiempo. Al mediodía del 9 de diciembre, un colectivo lleno de jugadores se abría paso por las calles de Madrid en el mismo momento que la ambulancia que llevaba a mi papá lo hacía entre los autos. El silencio sepulcral de la sala de espera contrastaba demasiado con el quilombo que se veía en los televisores que transmitían la salida de los equipos. Y yo caminaba esa sala de espera sin saber si festejar con un nudo en la garganta, o llorar con una leve sonrisa.

Detrás de cada palpitar, en algún rincón de la garganta gritando gol, en algún espacio de la cuerda vocal que canta dale campeón, sonando en los armónicos de cualquier acorde está ahí, quieta y calma, la muerte. Esperando su momento, dejando hacer a las victorias porque sabe que lo perfecto ella puede transformarlo para siempre. La parka miró la final sentada en un palco con la certeza de que iba a aniquilar el paraíso.

Si existiera la posibilidad teatral de comunicarse con los muertos imagino una última charla con mi viejo, que podría ser así:

PAPÁ: Perdoname por morirme justo el día de la final de la libertadores… aunque si hubieras sido de San Lorenzo esto no te pasaba…

YO: No te preocupes viejito… nunca es un buen día para que se muera tu papá.

El fin de semana jugaron por primera vez desde aquella final River y Boca. Nunca me importó tan poco un superclásico. Lo escuché por la radio en calzoncillos tomando una taza de café al despertarme de la siesta al minuto 23 del primer tiempo. Mi apatía la debo haber transmitido a la cancha porque los jugadores ni patearon al arco,  se comportaron como sabiendo que si había goles podía largarme a llorar en cualquier momento.  

Definitivamente, nunca es un buen día para que se muera tu papá.


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