“Estoy en La Cornisa. Morfi está con una morocha infartante. Activamos el Plan Gaviota” El mensaje era de Diego. Empezábamos a tener poco tiempo. Me subí al auto y me lancé hasta el bar con un objetivo claro: cagarle la mina a mi amigo Morfi.

Mientras manejaba imaginé la situación, Morfi haciéndose el lindo y una mujer hermosa a su lado. Quizás ya se habían besado. Quizás ya era tarde. En mi fantasía la mina era descomunal. Minutos después, entrando al bar, me daría cuenta que me había quedado corto imaginándola. 

Estacioné mal y apurado pero no me importó. Corrí hasta el bar y antes de entrar me sequé la transpiración. Entonces fue que la vi y supe que no sabía imaginarme mujeres hermosas. La mina tenía una cara perfecta pero, sobretodo, las tetas eran una cosa infernal. Estaba sin corpiño y se le notaba un pezón puntudo y carnoso. No eran grandes, pero tenían forma de zapato de Aladdín. Mucho mejor que una teta grande es una teta “zapato de Aladdin”. 

– ¡Mirá quién está acá! ¡Morfi, querido! ¿tu amiga?- Pregunté sentándome a la mesa.

Al fondo del bar estaba Diego. El pelotudo se hacía el que miraba el diario. No sé cuántas películas de espionaje habrá visto, pero más que el 007 parecía el superagente 86.

– Soy Cecilia. Un gusto.

– Así que la famosa Cecilia… Juaco. – Saludé sin sacarle la vista de las tetas. Un poco para incomodarla y que se fuera, y otro poco porque no podía dejar de mirarlas. 

Seguí el protocolo del plan gaviota a la perfección. Morfi quedó como un ser despreciable. Me burlé y reí fuerte de Cecilia. Traje debates de política y religión y fui el mejor gorila conservador. Quedé para la mierda y, por añadidura, lo hice quedar para la mierda a él por ser mi amigo. 

En un momento ella se disculpó y se fue a fumar afuera. Entonces Diego, que seguía la conversación entre papeles de diario, se abalanzó sobre la mesa.

Recitales de cuentos (1)

– Una sola vez en la vida se me va a dar esto… no me la caguen- rogó Morfi.

– Si te comés esta mina te vas a sentir porongudo, pero vos sabés que no es así. Así no nos pasa a nosotros.- Susurré, como amenazandolo. 

– ¡Dejate de joder!

– Nosotros no salimos con minas así. Nosotros “decimos” que salimos con minas así… pero no es cierto. Morfi, nosotros funcionamos mucho mejor en la ficción, en la anécdota, que en la realidad.

– Dejame en paz.

– ¿Y si te coge mal? – Preguntó Diego con tono sobrador mientras se tomaba un sorbo del Fernet de Cecilia. -¿Podrías vivir con la idea de que la mujer más hermosa que vas a conocer en tu puta vida no supo galoparte la poronga?

La jugada de Diego era buena y de no ser porque Cecilia volvió a entrar quizás habría resultado. Diego se tiró detrás de la mesa en un acto observado por todo el bar que intentó ser disimulado.

– ¿Vos estás con auto? Yo estoy cansada, ¿Me llevarías a casa?

En ese momento, me di cuenta que si quería cagar a Morfi iba a tener que dejarlo todo. El hijo de puta se estaba levantando a la mina más hermosa que habíamos visto jamás. Y la otra, tremenda conchuda, cuando la vio difícil se tiró a la pileta. 

– Me siento medio mal- Dije reclinándome sobre la mesa sin dejarle tiempo a Morfi para responder. -No sé qué me pasa, debe haber sido algo que comí… estoy transpirando frío.

– No es nada Juaco. Nosotros vamos yendo porque Cecilia está cansada.

– Esperá, che. Es tu amigo y se siente mal.

– No, está bien. Vayan, vayan- dije poniendo voz de moribundo. -Yo creo que voy a ir al baño y me voy a sentir mejor.

– Te esperamos y cualquier cosa Morfi  te lleva a tu casa.

Había funcionado. Era la última chance y había funcionado. Fui al baño.

Retos Semanales de escritura

Sé que lo que sigue estuvo mal. Sé que es desagradable. Sé que pocos son capaces de tanto. En todo caso, dejen de leer aquí. Creo que puede ser lo mejor para todos. Los que terminen aquí podrán imaginar que cuando salí del baño Morfi y Cecilia no estaban. Los que sigan leyendo sabrán lo que en verdad pasó… y de lo que no estoy orgulloso para nada. Salí del baño. Me senté en la mesa, y empecé mi monólogo.

– Me da mucha vergüenza contar esto delante de Cecilia, que recién la conozco… Casi no llego.  Decí que ya estaba con el pantalón desabrochado y eso me ayudó. Apenas abrí la puerta me salió del orto una explosión de Coca-Cola. 

La cara de Cecilia se transformó. Entendí que era el momento para ir por todo.

– Te juro que nunca cagué tan liviano, y con tanta proyección, en mi vida. Dejé toda la pared pintada. La pared sola no, el calzoncillo también. Lo tuve que dejar en el baño. Debe haber sido la tarta de choclo porque en el medio de la caca había pedacitos de choclo.

Disfruté del silencio que se produjo. Morfi y Cecilia estaban duros, con los ojos abiertos. Ella miraba para abajo. Él estaba casi llorando.

– Ahora me siento mejor. Ustedes vayan si quieren. ¿Viste que lo primero sale fácil y explosivo pero después, la segunda parte del garco, se hace más dura? Es como que se resecaran las paredes del esfínter, como que ya hiciste toda la fuerza para dejar abierto el orto y después se cierra… Lo primero salió fácil pero para lo duro tuve que sentarme… y no tenía dónde porque todo chorreaba caca líquida. No te quiero impresionar, ni que pienses que soy un asqueroso… es que tuve que cagar a un costado del inodoro donde justo llegaba en cuclillas. Así que quedó ahí, entre la puerta y el inodoro.

Había jugado mis cartas. Y en el momento en que me empezaba a quedar sin material de improvisación vino la última idea.

– ¿Vieron que a veces la caca muy dura cuesta mucho cortarla con el culo? Como que se desafilan las cuchillas corta-soretes del ano. Así que agarré algo de papel higiénico y me saqué el sorete colgando con la mano envuelta en papel… ¿A quién engaño? no había mucho papel y lo terminé cortando con la mano… Ya estoy mejor. Gracias por bancarme. Vayan uds.

Nos saludamos y se fueron por la puerta. Hasta yo mismo estaba colorado. Fue la vez que más vergüenza sentí. Me pasé de rosca con el relato detallado de una supuesta descompostura pero la vida de todos nosotros fue siempre mejor en la ficción que en la realidad y debía seguir siendo así para siempre. No estoy orgulloso de lo que hice, pero tampoco, arrepentido.

Al día siguiente nos juntamos todos en La Cornisa. 

– No saben la que me pasó ayer…- Arrancó Morfi un relato hermoso y ficcional sobre el amor de su vida y su noche de amor. Se llevó la atención de todos y entramó su historia con maestría. La anécdota no era verdad pero, cómo fue contada, mereció serlo.


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