No se puede andar en bicicleta con el pito parado. No es que haya una restricción legal, o moral, no. Es algo que comprobé a los doce años, minutos después de mi primer beso.

Cuando era pibe el día se dividía en “Estar jugando a la pelota” o “No estar jugando a la pelota”. De las cosas de chicos, lo único que me interesaba era el fútbol. No tenía muñecos, no miraba la tele y sólo usaba la bicicleta para llegar antes al parque y jugar más tiempo a la pelota.

En ese desinterés total por lo que no fuera soccer entraban también las mujeres. De hecho, como NUNCA jugaban al fútbol, las nenas me caían mal. Las mujeres eran a mí, lo que aquella regla nemotécnica era a las multiplicaciones con números negativos: “el enemigo de mi amigo es mi enemigo”. Por eso, cuando ella apareció en el medio del playón del parque sentí desprecio. Mi primer beso no fue un flechazo automático, no. De hecho, cuando la vi no me dieron ganas de darle un beso. Diría que sentí otra cosa: ganas de darle un pelotazo en la panza. 

– ¿Qué hacés jugando sólo contra una pared?

– No estoy jugando sólo. Estoy haciendo tiempo hasta que vengan mis amigos.

– Jugar sólo contra una pared es cualquiera

– ¿Qué decís?- Murmuré, masticando bronca.- Estoy practicando tiros libres, no estoy jugando sólo.

– ¿No querés hacer tiempo jugando una carrera?

– No. No me gusta andar en bicicleta.

Era cierto. Era tan cierto que no me gustaba andar en bicicleta, como que no corría nunca carreras porque no sabía andar del todo bien. 

– Al final mi primo tiene razón, en el desafío se los comen crudos… vos te hacés el capitán pero sos blandito. No te animás ni a competir con una chica.

– ¿Quién es tu primo?

– Gonzalo, de sexto B.

Gonzalo era un pelotudo que se creía habilidoso. Siempre tuvimos pica con él y su grupo de amigos porque querían jugar en el espacio donde nosotros armábamos la canchita. La solución que habíamos encontrado era el típico reto de entonces: un desafío a diez goles. El que perdía tenía que irse a jugar a otro lado. El duelo iba a ser la semana siguiente.

– ¿Y qué tiene que ver eso? ¿Qué tiene que ver Gonzalo con la carrera de bicis?

– Nada. 

– ¿Y vos cómo sabés que soy de sexto A?- Pregunté enojado

– ¿No te das cuenta, no?

– ¿De qué?

– Ya fue. 

– No. “Ya fue”, nada. Ponele que jugamos una carrera. Igual tendría que quedar entre nosotros dos. Ni una palabra a nadie. Ni a Gonzalo, ni a nadie. Si decís que sí te juego la carrera.

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Con una piedra contra el suelo dibujó una línea lo más recta que pudo y un poco me gustó esa actitud combativa. Me acuerdo que pensé “esta piba es demasiado piola para ser prima de Gonzalo”. Estaba nervioso, incómodo, un poco por la carrera y otro poco porque había algo en ella que no terminaba de entender. 

Pusimos las ruedas de adelante sobre la línea dibujada con la piedra. Agarré con fuerza el manubrio y me di cuenta que las manos me transpiraban bocha. La miré. Ella me estaba mirando. Entonces saqué la vista rápido y sentí como un dolor de panza de golpe. “¿Qué mira esta tarada?” pensé adelantando un poco la bicicleta para robarle unos centímetros.

– ¡Preparados, listos ya! – Gritó ella de golpe y me recontra primerió en la salida. 

Tardé en reaccionar y arranqué la carrera zigzagueando. De hecho, casi me la di contra un arbusto. Todavía hoy me pregunto qué hubiera pasado si en lugar de esquivar ese primer bulto me la hubiese pegado. A veces pienso que de haberme caído ahí, toda mi vida amorosa habría sido diferente. La chica de la bicicleta fue la primera de una lista de amores que se encadenaron fortuitamente tras la gambeta del arbusto. Quizás ninguna de las otras hubiesen existido sin esa primera historia. 

Iba un poco más atrás y tenía la vista clavada en los pelos al viento, en sus hombros chiquititos de nena, sus brazos flacos y sus piernas débiles por no jugar a la pelota. Quería pasarla, quería ganarle. Me acerqué. Me acerqué mucho. 

Sintiendo mi presencia ella empezó a pedalear más rápido. Como las piernas no le daban el impulso suficiente se paró para ganar fuerza y en plena levantada, y pedaleo, fue que dejó verse un culo impresionante. 

Nunca antes me había detenido a mirarle la cola a nadie. ¿Qué cola iba a mirar, si lo único que me importaba hasta entonces era el fútbol? Las nalgas rebotando por todos lados, pero firmes. Grande, pero no demasiado. Redonda, pero no del todo…  Ahora quería seguir ahí detrás, pero debía ganar la carrera.

Saqué unas fuerzas extrañas de no sé dónde y gané en velocidad. Me faltaba el aire. Quería pasarla y ganarle, pero también quería verle el ojete tremendo. Estaba empezando a transpirar y se me ponían los cachetes colorados. La sangre fluía de una manera diferente por el cuerpo, yo pensaba que era por el ejercicio… pero no.

Estaba a punto de ganarme la carrera no sólo una nena, sino la prima de Gonzalo. Pero algo pasó. De pronto ella se dio vuelta para mirarme. “¿Para qué me mirás si ya estás llegando?” me pregunté por inexperto. La nena también tenía los cachetes colorados y algo de nervios en la mirada. Nos miramos a los ojos hasta el instante mismo en que se cayó a la mierda.

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Apuré el paso para ayudarla y me imaginé como una especie de príncipe a galope yendo a rescatar a su princesa en un caballo de bicicleta pero, enseguida, me reproché porque esa idea era una cosa de nenas. En esa época estaba seteado para pensar que todo lo que no fuera la pelota era una cosa de nenas y que estaba mal.

Frené sin elegancia y me acerqué trotando. En mi cabeza tenía dos imágenes: el culo de ella, y su volada por el aire. La ayudé a levantarse. Mientras hacía fuerza para sólo acordarme del culo vi como de la pierna le chorreaba una sangre asquerosa. Tenía la rodilla sucia de piedritas y se le veía una cosa medio blanca que parecía carne colgando. Me impresionó tanto que miré para otro lado para no desmayarme.

Ella se levantó sola y caminó con dificultad unos pasos. Pensé en agarrarla a upa pero me daba mucha impresión como tenía la pierna y reflexioné que si la llevaba en mis brazos iba a tener muy cerca su lastimadura.

-Me duele un

 

 poco al pisar, ¿no me darías la mano?

La tomé de la mano con firmeza, no quería que se diera cuenta que estaba temblando. Caminamos hasta sentarnos debajo de un sauce llorón. Apoyados en el tronco y encerrados entre las hojas y ramas del sauce parecíamos dentro de una cueva. La abracé para que se sentara, le soplé la herida de la pierna sin mirarle la lastimadura y me pidió que le tocará el corazón para que viera cómo le latía del susto. 

Cobijados por el árbol, y con mis manos en su pecho, sentí que se me prendía fuego la ingle. Quedamos frente a frente en un segundo eterno. Tuve tanto miedo que cerré los ojos. No fui yo el que terminó por dar el beso. “¡Se le sienten los puntitos de la lengua!” pensé cuando me daban el primer beso. 

El momento era lindo, sin embargo, mientras nos besábamos no sabía qué hacer con mis manos. Era muy incomodo estar tocándole el corazón y besándola al mismo tiempo. Con la otra mano estaba apoyado en el piso, tenía mucha vergüenza de irme a la mierda y me temblaban los abdominales de hacer fuerza. Algo ella notó porque se dejó caer suavemente sobre el piso y me movió la mano del corazón hasta la teta. La otra mano me la puso en su cola. 

Lo peor empezó cuando ella me empezó a tocar la cola a mí. Con los ojos cerrados y su mano en mi ojete empecé a sentir como mi masculinidad crecía. Era mi primera vez y desconocía por completo que eso pudiera pasar. Tuve miedenza (una palabra que inventé ese día para significar el justo medio entre el miedo y la vergüenza).

Cuanto más se hincaba mi virilidad más me alejaba de ella para que no sospechara. Sentía que todo estaba bien, que todo era hermoso y que estaba mal que se me parara el pito en ese momento. La primera vez que se te para con una chica, lo que sentís es que algo hiciste mal, que eso no debería estar pasando, y le tratas de mandar señales, constantemente, a tu cuerpo para que pare. 

En consecuencia, mi postura besadora era, por lo menos, extraña. Ahí estaba yo con el cuello estirado, una mano tocando una cola tremenda y la otra en una teta que no me animaba a apretar por miedo a que se rompiera, y a su vez manteniendo el equilibrio para no caerme encima de la chica. Por otra parte, mi cola tirada para atrás, disimulando mi pito parado y otra vez los abdominales temblando. Creo que ni Nadia Comaneci habría llegado a la elongación que logré esa tarde.

Recitales de cuentos (1)

El beso duró todos estos años porque la magia de un primer beso nunca se olvida.  Nos besamos con besos cortos y secos algunas veces más. Ya no la odiaba, ya no quería pegarle un pelotazo en la panza, ya ni me importaba el desafío o la carrera. Me importaba saber qué pensaba ella. Quería saber si también era su primer beso, si había que seguir o si había que terminar.

– Besas suave- Me dijo, todavía con los ojos entrecerrados y con una sonrisa dibujada.

– Estoy preocupado, ¿Te lastimé?

– Pero después me cuidaste y me curé. Creo que llegaron tus amigos. ¿Qué hacemos? ¿Terminamos la carrera?

– Terminemos la carrera, después voy con los chicos- La realidad es que los chicos ya no me importaban, la carrera me importaba menos y en el fútbol mucho no pensaba.

Me levanté como pude e inmediatamente me puse las manos en los bolsillos para disimular. Tenía un dolor tremendo en los huevos y no sabía en qué posición poner el pito, ni cómo taparlo. Disimuladamente, me acomodé la pija y caminé rápido hasta la bicicleta. Atiné a saludar a mis amigos pero cuando empecé a levantar el brazo noté que se me subía la remera y dejaba al descubierto mi masculinidad, así que la bajé.

Me senté en la bici y mientras me acomodaba para volver a pedalear me di cuenta: no se puede andar en bicicleta con el pito parado. Traté de diferentes maneras, pero iba a ser imposible. 

– Sabés qué… no juguemos. Estabas por ganarme- regalé el triunfo con tono de buen perdedor.

– ¿Vas a dejar que te gane una nena?

– No me importa. Incluso, si querés contarle a Gonzalo contale… pero contale todo. No me dijiste cómo te llamabas…

No me lo dijo. Se dio media vuelta, se subió a la bicicleta y se fue para siempre. Dobló en la esquina de la fuente y la dejé de ver. No saber su nombre me hizo buscarla después en todas. Ella fue María, Julieta, Andrea, Sabrina, Mariana. Ese primer beso fueron todos los besos del mundo.

Una vez que se me bajó el pito volví a la canchita con mis amigos. Jugamos como siempre. Esa noche pensé en ella, la otra noche también y la noche siguiente a esa. De pronto el mundo se dividió en “pensar en ella” o “estar dormido” y jugar a la pelota, era un refugio para no recordarla.

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