Cuando sea millonario voy a pasar una semana de vacaciones en el Carlyle Hotel que conocí en la luna de miel. No sé si los millonarios van ahí de vacaciones o a cenas de negocios, pero yo voy a ir ahí a reírme de los pobres que alquilan departamentos por Airbnb.

Nosotros fuimos hasta allá a ver a Woody Allen, que los lunes por la noche toca el clarinete con un grupo de amigotes. Como todavía no soy millonario, compramos las entradas más baratas, las de “si el dólar sigue subiendo las paga Magoya” y que tenés que estar como cuatro horas antes porque son por orden de llegada. (Pueden ver pruebas en video en este link)

Entre sorbo de cerveza y charla con Belén esperaba tomando apuntes con lápiz en mi cuaderno de viaje: “Aunque es un día hermoso adentro del bar parece de noche”, “Solo están encendidos los veladores de las mesas y no hay ventanas”,  “En el centro del bar un pianista toca Slow Jazz”, “El pianista, escondidamente, guiña un ojo a las mujeres acompañadas. Lo hace solo con las acompañadas”, “Es todo tan de película que no se lo que es verdad y lo que no”.

A las 21hs, puntual, nos hicieron pasar del bar al restaurante donde tocaba Woody Allen. Nos sentaron en “la barra de los pobres” como la bautizamos con Belén porque éramos todos sudacas atendidos por mozos latinos.

Retos Semanales de escritura

Aunque el show estaba casi por comenzar, después de tantas horas de espera, no podía aguantarme las ganas de destomar algo de cerveza. Contra la recomendación de Belén fui con apuro al baño. Mientras salía toqué el brazo de un gordo y le pedí perdón. En realidad, no le pedí perdón dije “Ups, I´m sorry”. El gordo me miró y al confirmar que no era rico como él me respondió “Yes, you Are”.

Algo pasó mientras me dirigía al toilette. Algo cambió en el ambiente, en el espacio o el tiempo. Hice pis, una meada tremendamente larga que en el momento me pareció normal. Me sequé las manos con el papel más caro que toqué en mi vida. Saqué dos toallas de papel más y me las puse en el bolsillo con algo de culpa. “Estos señores se roban empresas enteras y a mi me da miedo robarme un papel”, pensé. Tomé el picaporte de bronce y salí.

Cuando volví del baño el espectáculo había comenzado. Esperé a que termine el primer tema a un costado y luego volví a sentarme en mi lugar. Justo ahí empezó el milagro, cuando me senté después de la primera canción. 

WhatsApp Image 2020-03-05 at 10.58.32Mientras le daba un sorbo a la cerveza holandesa hice contacto visual con el director de Todos Dicen Te Quiero. Woody me hizo una seña con las cejas, invitándome a tocar con él.

Como no reaccionaba, el autor de Días de Radio se sentó a mi lado y me dijo que era momento de que me sumara a la orquesta. 

It´s your time, dude. Are you going to join us?– Sacó de un estuche un saxofón contralto Yamaha Jazz25 y me dijo que si estaba aburrido de ser un personaje dramático que buscara ponerme en movimiento. Pensé que era algo arriesgado, pero fui.

Esa noche toqué el saxofón mejor que nunca. Mis manos acariciaban las notas como si hubiera sabido las canciones desde siempre. Durante toda la universidad había estado mirando películas de Woody Allen y estudiando saxo. Si hubiera podido viajar en el tiempo y decirle a Juaco estudiante que iba a tocar con Woody Allen seguro que no me lo habría creído.

Busqué la mirada cómplice de Belén para compartir mi gran momento pero me miró con desprecio, se levantó y se fue. “La mayoría de las mujeres se enamoran del artista y no del hombre” recordé la frase de La Rosa Púrpura del Cairo. Pero Belén no, ella estaba enamorada del hombre. Belén siempre fue especial.

Dudé si salir con ella o quedarme tocando. Decidí seguir en el escenario. Es cierto que era la luna de miel y, por lo tanto, el festejo de nuestra unión, pero también era el sueño de tocar con Woody Allen. Así que mientras tocaba pensé “Que Belén se enoje lo que quiera”.

Cuando salimos del hotel después del show, el creador de Poderosa Afrodita me invitó un café. Woody tomó descafeinado. Después del café caminamos por Manhattan. Todo estaba en blanco y negro sobre Gershwin, repasamos un puñado de íconos del cine y unos cuantos motivos para vivir, tal cual figura en la sinópsis de su película “Manhattan”.

IMG-7847

Caminando por la ciudad pensé en mi esposa llegando sola al departamento y me sentí un miserable. 

– Yo creo que la vida está dividida en lo horrible y lo miserable – dijo como leyendo la mente el director de la olvidable A Roma con Amor. – Lo horrible son los enfermos incurables, los ciegos, los lisiados… No sé cómo pueden soportar la vida, me parece asombroso. Y los miserables somos todos los demás. Así que al pasar por la vida deberíamos dar gracias por ser miserables. Por tener la suerte de ser miserables.

Pensé en mi noche perfecta tocando el saxofón junto a mi héroe del cine y la mirada de despedida de mi esposa. Entendí entonces esa frase de Woody Allen en una entrevista donde decía que uno está intentando siempre que las cosas en el arte salgan perfectas porque conseguirlo en la vida real es muy difícil.

Si algo aprendí de las comedias románticas de Woody Allen es que siempre que la historia de amor viene saliendo bien aparece algo que hace que el protagonista se desvíe, equivocadamente, y se aleje de su amada. Llegado ese momento, al personaje principal todo empieza a salirle mal. Entonces dije que eso no podía pasarme, que tenía que volver con Belén y decirle lo que la amaba, decírselo con besos bajo la lluvia como los de Match Point, si fuera necesario.

unnamed (1)

Entonces me despedí del guionista de “Robó, huyó y lo pescaron” y corrí hasta nuestro departamento. Quería camuflarme entre la gente. Deseaba no ser visto, pasar desapercibido de la mirada de los demás, como Zelig. Corriendo hasta Belén fui un fanático de los Mets, un vagabundo negro y un latino con suerte para que nadie sospechara de mí.

Llegué a la casa y antes de abrir la puerta repasé mis historias, los relatos anacrónicos, vi la reconstrucción desordenada de la ficción y la realidad, pasado y presente, nihilismo, cinismo, sarcasmo y orgasmo. Me sentí fuera de foco. La ficción de las películas de Woody Allen se me estaban cruzando con la realidad.

Entré al departamento al trote. Busqué a Belén por la cocina, pero no la encontré. Fui hasta la habitación, miré la cama todavía deshecha donde nos habíamos amado antes de salir. Inspeccioné sin éxito el living. Golpeé la puerta del baño y como nadie contestaba abrí. La busqué dentro de la bañera. Me desesperé por no encontrarla. Volví a poner la mano en el picaporte de bronce y abrí la puerta del baño. Salí. Caminé por el pasillo. Di unos cuantos pasos ruidosos sobre el piso alfombrado. Vi las escaleras elegantes. Me detuve frente a unos cuadros lujosos de la pared. Saludé al hombre de la entrada del restaurante del hotel cinco estrellas. Esperé a que terminara el primer tema y me senté en la barra de los pobres, junto a mi esposa. Nos besamos.

2 comentarios sobre “El día que toqué con Woody Allen en el Carlyle Hotel

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s