Hoy arrancó el mundial de escritura. Hay que escribir 3000 caracteres por día y no pueden ser textos escritos previamente ni desarrollados. La del cura, la pizzería y los partidos de truco, fue mi primer relato. 


La trama de la mentira la empecé a armar esa misma noche en Mandy, y fue tan sólida que hasta hoy, momento de mi gran confesión, nadie sospechó. La verdad es que ni siquiera se me ocurrió a mí, los rumores y los mitos urbanos son mucho más sólidos que las historias reales. El comienzo de esto fue lo que escuché de rebote de otra mesa del bar.

Mandy es un lugar de mala muerte pero es el único que conozco que siga sosteniendo los torneos de truco. Una vez por semana se juntan ahí unos cuantos vagos que comen pizza con whisky y anotan los puntos con unos porotos que guardan en un tarro arriba del mostrador. El dueño es un salteño al que le gustan más el vino y las peñas folklóricas que andar haciendo pizza, así que con tal de tener un rato más de gente en el boliche habilita gustoso la mesa para los jugadores. Los torneos son a vida o muerte y se arma tan despiole que a veces hasta las arañas del lugar se suman a mirar los partidos.

Las charlas intermedias del partido solían ser parte de las estrategias mentirosas de los jugadores. Pero esa vez fue distinto. Todavía estaba más metido en mi porción de muzza cuando escuché algo de la iglesia evangelista de la otra cuadra y paré la oreja. Me acerqué a la mesa simulando ver el pica-pica que se armaba.

— El tipo era muy respetuoso de la religión, eh. Pero ese día se sacó.

Hubo un silencio. Miré a la mesa y, según los porotos, estaban diecinueve a diecinueve. Última mano del pica a pica. La atención de la mesa estaba puesta en los dos que jugaban. Un flaco de boina y un viejo que llevaba pantalón de vestir y corbata.

— ¿Respetuoso que nivel? Envido — preguntó y amenazó el de la boina

— No sé qué nivel. No sé cómo puede medirse eso.

— Se mide, se mide

— Digo que era respetuoso porque en todos estos años viviendo al lado del templo nunca protestó. ¿Envido dijiste? — inquirió al paso, como si el tanto fuera parte de la historia.

— ¿Cómo va a protestar si se llenó de guita vendiendo ese “chorisanto”? — Se acomodó la corbata para pispear disimuladamente el tanteador — Evidentemente se termina el pica a pica acá. Habrá que ver si da para partido esto mismo. Digo hablando de chorear… real envido.

— ¡Ese si que la hizo bien! Pero ahí tenés lo que te digo, el tipo no se los fumaba a estos de los milagros pero nunca les dijo nada y encima les choreó de lo lindo… 

— Y el que le roba a un ladrón…

— Quiero. Treinta y uno — Fue tan enérgico con el grito que la boina se le terminó por caer hacia un costado dejando ver una pelada salpicada de cabellos extremadamente grasos.

Para entonces, volví a sentarme frente a mi porción de muzzarella y sólo a escuchar. La partida no me importaba en lo más mínimo, pero si la charla. ¿De qué templo hablaban? ¿Era cierto o era parte del amedrentamiento al rival? Y ahí caí en la cuenta  y pensé “si hablan de lo que hicimos con Marcos el otro día quizás teníamos una punta”. El señor de la corbata agachó la cabeza y dijo un casi imperceptible “son buenas” que casi nadie escuchó pero que todos entendieron.

— ¿Y qué fue lo que lo hizo explotar? — inquirió todavía masticando bronca.

— La dinamita que le puso. 

Se escuchaba el ruido de las cartas pero yo seguía sin mirar. Trataba de adivinar qué jugaban por la intensidad del diálogo.

— ¡No! Lo que digo es ¿qué fue lo que le hizo cabrear tanto?

— Parece ser, y esto Carlitos no se lo cuentes a nadie, que el pastor se culeaba a la jermu. ¡Truco!

— Quiero retruco ¿Le habrá entrado mucho el pastor?

— Por el partido y por mi boina, quiero vale cuatro carajo. A ver si sos tan cocorito, como el pastor.

Después hubo aplausos y festejos pero a mí no me importaba. Ya se habían corrido rumores y había alguien en la zona que tenía muchos más motivos que yo para la acción. Al fin y al cabo, ¿quién podría relacionar la explosión de la catedral de la fe con un cura,  aunque sea de la competencia?

6 comentarios sobre “La fe y el truco

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