En el 2017 fue “chofer pare el taxi”, en 2018 “Llévame en tu bicicleta” y en 2019 “pasito a pasito” No se si se habrán dado cuenta, pero a mí es un tema que me preocupa: incluso en las canciones de las discotecas, estamos cada vez más pobres.

Quiero hablar sin vergüenza, en definitiva, no tengo por qué arrepentirme de mis abultados ingresos, no tiene nada de malo pertenecer a ese selecto grupo de personas que tienen la posibilidad de andar en taxi… ¡A mi me encantan los meses que con el aguinaldo puedo hacer un viaje en taxi! ¡Madre mía! Ni para un viaje de 10 cuadras podemos pensar en tomar uno.

Quizás el viaje en sí muchas veces no sea lo más caro. El tema es que por todo te cobran un extra: si lleva cosas en el baúl, si es de noche, que si es lejos cobra la vuelta, que si lo pido por teléfono. ¡Una vez a mí uno quiso cobrarme por viajar sentado! Pronto van a cobrar un extra por llevarte a tu destino desde el origen. 

Yo diría que el mayor de todos los problemas con los taxis son… los taxistas. No todos, seguro, tampoco quiero generalizar. Porque hay que desmitificar y corregir algunas de las historias urbanas respecto de los taxistas: no todos hacen trampa con las fichas del reloj, no todos pasean a los que no saben cómo llegar y no todos pasan sus noches con las travestis del rosedal… también están los que van con las travestis de constitución.

Una de las cosas que más me gusta observar cuando tengo la dicha, la posibilidad y, por qué no decirlo, la FORTUNA de viajar en estos coches amarillos y negros son los objetos que definen al tachero estándar. El buen chofer porteño ha de llevar en su auto esos muñecos entre epilépticos y con parkinson. Esos cabezones que cuando el auto se mueve se sacuden y los gatitos que mueven las manos. Para mí se los dan cuando les entregan el registro.

Después están los que llevan la espiga con la estampita de San Cayetano, un volante de la misa de asunción del papa, colgado del espejito la cintita roja y la fotito del gauchito gil, la virgen desatanudos, la foto del nieto, la estatuita de San Nicolás en la guantera y un frasquito de agua bendita de Luján… más que taxis son santerías rodantes. De hecho, cuando mi abuela quiere rezarle a alguien en lugar de ir a una iglesia se toma un taxi.

Todos los objetos que nombro son, sin lugar a dudas, algo distintivo de los tacheros. Pero el objeto “taxil” por antonomasia es el rascador de bolitas de asiento. Nadie sabe para qué funciona eso realmente, pero todos compraron la idea de que hace bien a la columna y que se usa porque quienes manejan pasan muchas horas sentados.  Para mí es una especie de fuente de poder que les sirve para ubicar los mejores lugares para comer. Porque hay que decirlo, la gran mayoría de las veces esta gente no tiene idea cómo llegar al destino que les indicas, pero seguro conocen perfecto que boliche hay cerca para comer abundante y barato. Tienen un máster en selección de bodegones.

Ni una buena fiesta, ni un parque de diversiones nada es tan divertido como un viaje en el que dejan encendida la radio del auto. Me encanta escuchar cómo los operadores cagan a pedos a los choferes demorados: “707 el pasajero lo está esperando”, “¿707 está muy lejos?”; “707 el pasajero que lo esperaba murió”. 

Me gusta también cuando por viajar en ese auto con radio llamada sos cómplice de una mentira. Cuando preguntan “¿Quién está cerca del microcentro?, ¿Alguien en microcentro en tres minutos? Es un buen viaje” Y el chofer que te está llevando a vos a devoto agarra el micrófono para decir “yo estoy ahí en cinco”. ¡Hijo de puta! En cinco no llegamos a mi casa. Y si llegás a estar en el centro en cinco minutos… ¿Qué hacés manejando una Surán negra y amarilla, Fangio?

Uno, generalmente, se toma un taxi para ir del punto A de la ciudad al punto B y se lleva gratis, como quien agranda el combo, los mejores comentarios discriminatorios y machistas a los que uno suele asentir, para no andar peleandose con idiotas. Arriba del taxi todos odiamos a los negros que cortan la calle, nos encantan las polleras cortas de las damas y nos quejamos de los autos estacionados en doble fila en los colegios. Aunque con lo de los autos en doble fila no tengan razón.

Quizás los tacheros mienten su ubicación en la radio, hacen comentarios racistas y llevan muchos adornos en la guantera pero quiero dejar una alarma importante: si son las diez de la noche y el que viene es un taxi Volkswagen del año 68 tené cuidado… ES ARJONA!

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