De pronto mi esposa se me acercó y me dio primero un beso suave, luego uno mucho más apasionado. En cuestión de minutos mi mujer me tenía contra la pared del dormitorio. Con una mano me levantó un poco la remera, con la otra abrió el pantalón y recorrió mi cuerpo besándome desde el pecho hasta el pubis. 

– ¿De verdad querés ir a Greenwich Village? – susurró deteniéndose al borde del precipicio.

Justo cuando estaba tratando de ordenar las letras para responder que no quería ir a ningún lado, la dueña de casa entró por sorpresa. Quizás haya que aclarar que nuestra luna de miel fue en una casa compartida que alquilamos por airbnb y que muchos de los momentos más calientes fueron, desdichadamente, interrumpidos.

Ya en el subte, camino a Greenwich Village, tuvimos tiempo para amenazarnos con revanchas sexuales a la vuelta del periplo… aunque supiéramos que no íbamos a cumplirlas. Aún así, estaba ilusionado por recorrer el lugar, los cafés literarios y visitar bares musicales históricos. 

Tomé mi libretita negra, la que había titulado “para ver en Nueva York”, y fui hasta la página “Greenwich Village”. Cuando todavía el viaje era una charla de sobremesa había empezado un cuaderno con cosas que quería ver en NYC: el Central Park, musicales de broadway, Wall Street, el memorial, un negocio de Apple de verdad, gente común portando armas y un colegio con un niño disparándole a sus compañeros.

El primer ítem de “Greenwich Village” decía Café Blue Note, y junto con algunos apuntes había un post it: Calle 3, número 131. En mis tiempos de tocar el saxofón en Buenos Aires siempre me imaginaba improvisando en ese mítico café. Tocar en “la colorada” o en “el duende” con bandas de rocanrol era, pensaba entonces, un camino necesario para terminar tocando en Blue Note.

En la puerta nos detuvo el afroamericano más largo y ancho que vimos en todo el viaje. Si tienen pensado viajar a Manhattan y ver Jazz en Blue Note tengan en cuenta tres cosas: conviene reservar entradas con tiempo, los tickets son carísimos y no hay que hacerle chistes a los afroamericanos grandotes.

Cafe Wha
Con Belén en la puerta de Café Wah?

Una vez que me soltaron los de seguridad, agarré la libreta y miré la segunda nota: Cafe Wha? donde debutaron Dylan y Springsteen. Otra vez, cuando nos dijeron lo que costaban los boletos nos dimos media vuelta y nos fuimos caminando como a complete unknown, like a rolling stone.

Para ese momento de la noche yo venía de una chupada de pija truncada, una discusión con un señor de seguridad y el cansancio acumulado de un día de andar. Me hago cargo de que fantaseé de más con lo que podríamos encontrarnos en la zona pero esas cosas que habíamos visto tenían muy poco de “las calles de las películas de Hitchcock” o del “barrio de Jack Kerouac“.

Siempre le eché la culpa de mis fracasos a estar en Buenos Aires en lugar de Nueva York. Jamás pensé que era falta de talento, que era pésimo saxofonista o que la poca inspiración tenía mucho más que ver conmigo que con los lugares en los que escribía. Ahora que estaba en Nueva york, y que todo me parecía una mierda, me sentía bastante desilusionado. Pero todavía faltaba la mierda mayor.

Fue Belén la que me paró cuando volví a sacar mi libreta y me invitó a improvisar. Así que ya no buscamos la ventana de la casa de Friends, o la mística de los poetas de la generación beat, nada. Solo caminamos tomados de la mano y buscamos un lugar donde cenar. Y entonces, al desviarnos del plan, pasó lo peor. 

En la esquina de Grove Street y la séptima, a dos cuadras del Washington Park, lo vimos. Era tan chiquito que recuerdo reprochar “como algo tan insignificante me puede molestar tanto”. Pero no era el tamaño lo que me jodía, era lo que representaba. La sola idea de que eso estuviera ahí me mataba. En el medio del arte, del barrio soñado, de la inspiración eterna, en esa esquina vimos el Starbucks.

Estaba caliente como una pipa porque habíamos viajado ocho mil kilómetros para ver algo diferente y de golpe estábamos frente a estos boliches del Alto Palermo. Tomamos el café y chapamos un poco, nos dimos unos besos suficientemente porteños y conocidos. Cuando Belén fue al baño saqué mi cuadernos azul de viaje (el que había comprado en el MoMa el segundo día) y anoté “Todos los lugares son uno. Todos vivimos las mismas tragedias y las mismas angustias. Idea a desarrollar en Buenos Aires.”

Salimos del café de la muerte y nos pusimos otra vez a caminar. Buscábamos un lugar donde poder comer sin tener que dejar un órgano como parte de pago. Después de casi hora y media de dar vueltas nos pareció escuchar a lo lejos que en un restaurante estaban pasando cumbia. Pasamos por una esquina que era una especie de jaula-cancha de básquet donde dormían unos vagabundos. La cumbia se escuchó más fuerte y se veían en la entrada banderas y camisetas de fútbol. 

El bar en cuestión resultó ser un antro muy pequeño, fundado por un Napolitano y atendido por una mesera Venezolana pasada de copas. Vimos los precios y, por fin, nos sentamos a comer. Nos preguntábamos por qué un napolitano estaría pasando cumbia Argentina en su restaurant de Nueva York cuando la respuesta nos cayó, literalmente, del techo. Una camiseta del Napoli con la 10 que decía “Maradona” dio en tierra a mi lado. 

Me acerqué a la barra y saludé al Napolitano. Cuando le dije que era argentino el loco me abrazó como si me conociera y empezó a cantar “Ma-ra-don-na, Ma-ra-do-na” (El ritmo era de negra-negra-corchea-corchea) mientras agitaba los brazos. 

Two Peronis and one pizza there! – Gritó gesticulando ampulosamente con las manos, y me dijo al oído en un castellano difícil Invita la casa. Ma-ra-do-na, Ma-ra-do-na.

Comimos las pizzas y tomamos la cerveza. Quise pagar pero el Napolitano no lo permitió. Antes de bajar a la estación de tren chapamos fuerte en una esquina iluminada.

Para cuando volvimos al departamento Belén tenía una bufanda de Maradona y yo un shortcito de Newells, que ahora uso cada vez que me pongo a escribir un cuento y quiero que me baje la inspiración. Eran las dos de la mañana de un día larguísimo, el podómetro del teléfono marcaba 18795 pasos y aun así nos pusimos a terminar lo que había quedado pendiente antes de salir a pasear por Greenwich Village.

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