Cuando estaba en sexto grado mi papá me regaló un reloj Casio digital. Estaba chocho con ese regalo y lo usaba para medir todo “porque tenía cronómetro” y además “tenía luz”. Con ese aparatito pegado a la muñeca empecé a darme cuenta de que algo no funcionaba en “la realidad”. ¿Cómo era que las clases de naturales pasaran tan lento y que, por el contrario, las horas jugando a la pelota pasaran tan rápido? Aquel regalo de mi viejo no fue más que la alerta de que todo el tiempo es relativo, aunque perfectamente medible.


Ésta semana tuve que ver El Padrino para la carrera (recomiendo fuerte estudiar guión en el LAB de guión – fijar tweet). Fue la primera vez que la vi por obligación y la quinta, por gusto. No voy a analizar la obra, o por lo menos no ahora (o por lo menos no antes de que la analicemos en clase) pero sí quiero detenerme un instante (quién puede decir cuanto dura un instante) en cómo Coppola trata la cuestión del tiempo y de como me hizo acordar al reloj que me regaló Alejandro allá por 1998.


Todos recuerdan esa primera secuencia gloriosa del casamiento de Connie. Como se presentan a los personajes, el tema, la diferencia entre el oscuro del “trabajo de don Corleone” con la luz de “la familia” en la fiesta, y millones de etcéteras que dije que no iba a analizar. La cosa es que toda esa secuencia, en la que Michael Corleone llega cómodo y viviendo su vida de condecorado de guerra, dura exactamente media hora. En esos primeros treinta minutos casi no lo vemos y cuando lo muestran en pantalla lo hacen para decir “Es mi familia Kay, no yo”.


Ahora bien, desde el momento de la muerte de Apolonia hasta el final del film pasan, más menos, treinta y pico de minutos. En esos momentos finales Michael en algún momento vuelve de Sicilia, pasa un año hasta que se encuentra con Kay, empieza a trabajar en la familia, queda al mando, pasa más tiempo, gana seguridad, se muere el padre, espera para la venganza final el bautismo de Sofía Coppola (datazo). 


La pelotudez a la que quiero llegar es que en la primera media hora de película pasa apenas un día, mientras que en la última algo así como dos años. En la primera parte Michael está en su mundo aburrido, como en las clases de naturales midiendo el tiempo con mi reloj casio, y entonces nos lo muestran en un tiempo laaaargo. Ahora, cuando la cosa se pone “divertida” el tiempo vuela para Michael, como cuando nos juntábamos a jugar a la pelota en el club. 


La relatividad del tiempo aplicada a dosificar información en un film me parece un acto de maestría único y sensacional. Una forma perfecta de bajar una mirada sobre el mundo, una mirada artística y con contenido filosófico, sin panfletos y con creatividad. No necesita hacer decir a ningún personaje “yo creo que la relatividad del tiempo etcétera” lo hace desde la narrativa del film.


¡Qué película del carajo!

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