Mi primera gran puteada

La primera vez que mandé a alguien a la concha de su madre tenía nueve años y jugaba de arquero para la categoría 86 del club  Chacabuco. No fue un insulto más, ni con la levedad de proferirlo a un compañero, no. Había que tener huevos para, a los nueve años, mandar a la concha de su madre a Jorge Troncoso.

¿Para qué te traje?

El trompazo hubiera sido una historia olvidable, como el resto de los golpes que dí, de no ser por lo que pasó con mi viejo. Es que tiempo después, en una reunión de la empresa Alejandro y un cliente descubrieron que sus hijos jugaban fútbol infantil en la misma categoría y división.