De pibe Don Anselmo se había puesto como objetivo ser millonario. No porque le interesara mucho el dinero, sino porque lo que más le gustaba era aparentar. De una familia trabajadora de Lugano, Don Anselmo siempre supo que la fortuna vendría ligada al esfuerzo y para eso debería entregarse diariamente. Por eso ideó el plan Yarará.

Su estrategia era poner una casa de quiniela y dedicarse a chamuyar y perder el tiempo con la gente del barrio. Una vez convertido el lugar en centro de reunión, la gente empezaría a apostar. Entonces si, debía meter solapadamente un número en la conversación para que todos sintieran la llamada del destino y jugaran. Había que ir envolviendo a la presa lentamente hasta que no pudieran salir, como hace la Yarará.

Al cabo de cinco años Don Anselmo había alcanzado su primer millón de dólares. Pero no todo era gloria. Aún millonario el dueño de la timba debía fingir pobreza, porque no es justo que se sepa que detrás del oleaje tranquilo de apostar un numerito cada tanto, el de la casa de quiniela amasa una fortuna.

Pero Anselmo no sabía que él no era el único que simulaba.  El embaucador no es el dueño de la casa de quiniela sino el resto, los que hacen que creen que van a ganar. Los truchos apuestan al 71 sólo por la fantasía de que al alba la monotonía de la vida se vea modificada, significativamente, por haber sacado el gordo.

La gran mayoría no compra un número de quiniela queriendo ser millonarios. Lo que se adquiere, por la módica suma de diez pesos, es la ilusión de qué hacer con esa plata. Odiamos tanto nuestra vida que somos capaces de comprar una pregunta: “¿cómo sería si tuviera la posibilidad de mandar todo a la mierda?”.

Los señores entre 45 y 65 años lo que buscan en el boleto no es sólo la ilusión, sino la anécdota. “Voy a pagar estos cincuenta pesos a ver si todavía gano la lotería… te imaginás cuando se lo cuente a los muchachos en el bar”. 

Los viejos van detrás de otra mentira diferente. Se toman el Quini 6 como la huida de su estúpido e inevitable destino de muerte. A ver si de casualidad la pegan de una puta vez en la vida y hacen algo importante. “Tu abuelo se ganó el Telekino” será la frase que los inmortalizará, por lo menos unos años… hasta que los nietos se hayan gastado la fortuna.

Para el jugador sus sueños sólo son excusas para apostar. Porque no sirve decir “me jugué un numerito para tener una ilusión” porque sabe que eso es una pelotudez y hasta lo asusta. En cambio dice “soñé con huevos, voy a jugarle al doble cero”. Y con eso se siente en paz, salvado del agobio.

“Cuando los viejos se mueran se cierran las casas de quiniela” vaticinan algunos y eso espera don Anselmo. Cuando su casa de quiniela cierre podrá irse a vivir a una isla en Grecia y comprarse el macaco que siempre quiso como gusto extravagante y sacarlo a pasear con correa, ante la mirada de los demás. Mientras tanto espera, porque sabe que el castigo por vender ilusiones es vivir simulando ser pobre… justo él, que nació para aparentar.


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Un comentario sobre “El plan yarará

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