Virus chino es un relato de los que están participando del mundial de escritura. Es el segundo texto que escribí en relación a la cuarentena y la pandemia mundial para este campeonato, el primero fue La sombra, el coronavirus. Si quieren leer otros textos escritos en los tiempos del mundial y con sus consignas pueden chusmear La noche que dejaron de ser niños y La fe y el truco.


Los chinos no pelean tan bien como parece en las películas. Hoy tuve una buena agarrada a trompadas con uno, y la verdad es que no tiró ni una de karate kid, ni nada por el estilo.

Los pibes del chino de la esquina de casa, hasta hoy, me caían bárbaro. Son muy amables en el trato, laburadores y siempre bien predispuestos para dar una mano. Nunca me pasó que me quisieran dar un vuelto en caramelos, como muchos dicen que les pasa. Lejos de eso, cuando falta plata siempre redondean a mi favor. Y, como son más argentos que el dulce de leche, suelen tirar un “ya fue, la próxima me lo traes”.

Pero todo ese trato inmejorable y buena onda vecinal empezó a cortarse con la cuarentena, y se fue a la recontra mierda hoy a la tarde. 

Ya me pareció medio raro cuando el jueves, minutos antes de que el presidente dictara la cuarentena obligatoria, me quisieran cobrar con recargo por pagar con débito, me prohibieran pagar con crédito y me dijeron que el mercado pago del teléfono “no fuciona”.

Pasaron los días y los víveres se fueron acabando. Resistí dos o tres pedidos de mi mujer de salir a comprar algunas cosas particulares esperando que se acumularan todas en una lista de, como dije en ese momento, por lo menos diez cosas. 

Estaba sentado en la tranquilidad de mi hogar, intentando leer un libro, mientras mis hijas me usaban de tobogán y trepadora, cuando mi mujer apareció con una sonrisa de oreja a oreja en el living.

— Adiviná que tengo acá… — Comentó mi mujer, como proponiendo un juego que a nadie le interesaba.

— Si llegaron las expensas, avisemos que no pensamos pagarlas.

— Sal, soda, leches, yougurt, tostaditas, salsa de tomate, pasta de dientes para las chicas, manteca, calditos de verdura… y jabón.

Ella lo vivió como un triunfo rotundo y yo no tuve más que cumplir con lo prometido.

Antes de entrar al chino tuve que esperar como cuarenta minutos en la fila. Después de un rato entré saludando como siempre, sin saber que sería la última vez que saludaría al chino con buena onda.

Me desilusionó ver como todos los precios estaban casi el doble de lo que había visto aquel jueves por la tarde. Lo que estaba sesenta pesos, ahora estaba cien y el agua en bidón cotizaba como barril de brandy.  

No sé si fue la calentura de esperar afuera, la bronca de los precios remarcados o un temor inconsciente a toda la vorágine que vivimos con este encierro de coronavirus que me lancé a la caja al grito de “chino como nos estás cagando”.

Primero fueron unos golpes al viento, pero una vez que entró el primero no paramos. Nos revolcamos en el piso y nos seguíamos pegando. Éramos nosotros pero éramos, además una sociedad entera, que en el medio del miedo, la enfermedad y la incertidumbre se descargaba entre golpes de machos y patriarcado, arreglando las cosas a la manera de antes, la que murió el mismo día que empezó todo esto.

Lo bueno es saber que fuimos los últimos dos, el chino y yo, los que atravesamos un conflicto a la forma que será recordada como “la anterior al coronavirus”. Porque, desde luego, creo que todo va a cambiar, que todo va a ser para mejor, que las ideas viejas se irán yendo de a poco, como nos fuimos separando con el chino después de los golpes y las broncas. 

2 comentarios sobre “Virus chino

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